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Carlos Ginocchio / Historia de una ciudad


Esta columna lleva el nombre de una película dirigida por Arthur Pierson en 1951, cuyo título original es ‘Home Town Story’ (Regreso a casa) y tiene como argumento el retorno al hogar, en un pequeño pueblo, de un personaje ficticio llamado Blake Washburn, tras permanecer dos años como senador en Washington, y perder su reelección. El señor Edwards se desempeña como editor de un periódico local (Herald, en el filme), y con el propósito de retomar un puesto político busca un tema que sea atractivo para sus lectores. De esa manera, ubica uno que siempre será seductor para el público de casi todo el planeta: las ingentes utilidades de las empresas locales.


Día tras día insiste con su campaña que va tomando fuerza entre los lectores e, incluso, consigue incrementar el tiraje del diario, y ampliar su lectoría fuera de la región. Tras unas semanas de campaña es visitado por un empresario de la zona que le propone tomar en cuentan no sólo los beneficios que obtienen las empresas, sino aquellos que proporcionan a la población, y menciona algunos ejemplos, como la telefonía que ha reducido los tiempos de las comunicaciones, los vehículos de carga que transportan productos y cultivos con mayor rapidez, y seguridad, y las medicinas, entre otros. Recordemos el filme está ubicado en la década de 1950.


El periodista ignora dicha proposición. Como dicen mis amigos bolivianos, ¡le vale madre!, sólo le interesa la popularidad para regresar a un puesto político, y continúa su cruzada.


El destino tiene extraños caminos y suele jugar bromas pesadas enfrentando a la realidad, especialmente a quiénes por un interés personal y subalterno, difunden infundios y afirmaciones falaces. Continuando con el argumento de la película, el colegio donde estudiaba la hermana del escritor realiza una excursión con más de cincuenta niños de educación primaria. La hermana menor de nuestro editor se introduce en una oquedad y se produce un derrumbe, quedando atrapada. Los profesores, compañeros de colegio y la comunidad agotan sus esfuerzos sin conseguir resultados. Es ahí cuando convocan a la empresa privada qué con maquinaria, perforadoras, y oxígeno logran rescatarla.


No es suficiente. La niña necesita atención hospitalaria urgente. El centro de salud especializado se encuentra a muchas horas de distancia. Otra empresa presta su avión y la menor llega a tiempo de ser intervenida, y salvada. Finalmente, el editor -diferente a muchos voceros que conocemos- se convence de sus errores y rectifica sus apreciaciones en las siguientes ediciones.


Hoy más que nunca necesitamos de la inversión privada para recuperar la caída del empleo. Y como decía Churchill debemos ver a la empresa privada como “un caballo sano, tirando de un carro robusto”. Para ello, es necesario que realmente nuestros empresarios se conviertan en ese tipo de potro, buscando el lucro, pero sin abusar del mismo, respetando a sus consumidores, contratando con el Estado sin prebendas, y con la sensibilidad y responsabilidad social que este y cualquier momento amerita. Y, por supuesto, de su intervención para sensibilizar a la población de las ventajas de los emprendimientos privados, que hoy millones de pequeños empresarios realizan con escaso apoyo del Estado para su financiamiento y articulación a mercados.


Cambiando de actitud, y en vez de criticar documentales como el de Hugo Blanco, promover producciones como la mencionada en este artículo; no obstante, para que esa divulgación sea creíble y efectiva, se necesita un cambio: una economía social de mercado de verdad.


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