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Carlos Ginocchio / Cultura Netflix


A fines del siglo XVIII comenzaron a difundirse las ideas de igualdad, libertad y fraternidad de los enciclopedistas y filósofos franceses (D’alembert, Diderot, Montesquieu, Rousseau, y Voltaire), que derivaron en los movimientos independentistas en América.


De igual forma, y sobre la base de la máquina del vapor, la Revolución Industrial, iniciada en Inglaterra (1760 – 1840), los ‘Derechos Humanos’, proclamados por primera vez en la Asamblea de la ONU, en París (1948), y el movimiento hippie de la segunda mitad del siglo XX. Fueron movimientos – revoluciones según algunos – que cambiaron el mundo a través de nuevas expresiones sociales, económicas, políticas, y culturales.


Estoy convencido, y sin calificarlos, que una importante parte de la sociedad se opuso en su momento a los mismos, con razones de todo tipo, pero finalmente se impusieron sus propuestas que, en numerosos aspectos, mejoraron hábitos y conductas en el planeta.


Hoy vivimos la era de la tecnología que irrumpe en todos los ámbitos de la sociedad, y los medios y las redes sociales son quizás la expresión más representativa de la época, donde prácticamente ha desaparecido todo límite, haciendo incluso inútil cualquier intento de una dictadura o autocracia de combatir contra la libertad de expresión, elevada a la máxima potencia.


La serie de Corea del Sur, ‘El juego del calamar’, (EJC) según declaraciones en CNN, ha sido vista por 111 millones de personas en menos de un mes desde su lanzamiento, y ocupa el lugar número uno en 94 países, contribuyendo a incrementar el número de los suscriptores de Netflix. Un emprendimiento comercial muy lucrativo para la Plataforma, en tiempos en que la expresión de Marx sobre el poder es reemplazada por ‘salvo el dinero, lo demás es ilusión’.


Hubo películas en el siglo XX como ‘La pandilla salvaje’ (Sam Peckinpah, 1969), ‘Los perros de paja’ (Straw dogs de Sam Peckinpah, 1971), y ‘La naranja mecánica’ (Stanley Kubrick, 1971) que, independiente a su calidad, fueron criticadas por el grado de violencia que presentaban. Peckinpah era el Tarantino de la década de los 70’; no obstante ‘El juego de calamar’ sobrepasa en atrocidad y salvajismo a los filmes mencionados, incluso considerando la anuencia de los tiempos actuales.


Un artículo en la web ‘Aleteia’ menciona que, a pesar de ser recomendada para mayores de 16 años, está siendo vista por miles de menores que son influidos por sus imágenes, cuando se encuentran en una etapa de su formación en que no distinguen claramente el bien del mal, y la ficción de la realidad.


La serie expone la oferta de un cuantioso premio monetario (equivalente a US$ 38 millones en moneda coreana) que para conseguirlo se deben superar seis pruebas, y los perdedores en cada una de ellas, son inmediatamente asesinados. Promueve, además, que los concursantes eliminen (maten, liquiden) a sus competidores, aún a aquellos con quienes mantienen una relación amical, utilizando cualquier tipo de ardid y engaño, de forma que la recompensa será mayor para los más fuertes, para los supuestos triunfadores.


Otro contrasentido de la serie es que no se les informa a los participantes – personas pobres, endeudadas, frustradas en su progreso económico o migrantes, desesperados por su situación - que, en caso de no superar las competencias, serán asesinados, y sus cuerpos despojados de sus órganos para comercializarlos en los mercados negros.


Plantea, subliminalmente, que ‘cada persona tiene un precio’, tremendo acicate y caldo de cultivo para la corrupción. Sugiere en este entorno que los hombres más jóvenes y fuertes tienen sustantivas ventajas sobre las mujeres, los mayores, y aquellos de contextura más frágil. Ciertamente, la violencia ha sido y es parte de numerosas producciones en la literatura y el cine, pero EJC se convierte en el manual de los antivalores, y en un auténtico exponente que el fin justifica los medios, el ‘como sea’ para obtener dinero.


En la justa lucha por combatir la desigualdad en el planeta se están cometiendo numerosos desatinos. La pretensión absurda de paridades a todo nivel, sin establecer parámetros, para incluir a mujeres, discapacitados, jóvenes, adultos mayores, comunidades nativas, razas, opciones sexuales, regiones geográficas, y así ‘ad infinitum’, deriva en decisiones descabelladas, como son la conversión de Superman en bisexual y James Bond en una mujer de raza negra. Son claros exponentes de iniciativas disparatadas, en vez de promover una educación de tolerancia y respeto, independiente a las diferencias.


Entusiasta del séptimo arte en las pantallas grande y chica, en plataformas como Youtube y Netflix, donde hay filmes muy buenos, pero salvo los hindúes de Bollywood, donde se aprecia un arte de gran nivel exento de exageración y crudeza, observo - sin ninguna ‘cucufatería’ e hipocresía - una clara tendencia de presentar escenas de desnudos, violencia, y actos sexuales que no contribuyen de ninguna manera a los contenidos de las películas.


Me opongo a la prohibición con normas legales de este tipo de producciones. Los vetos y tabúes han generado perjuicios enormes a la humanidad, de mayor desventura que la independencia. Defender las libertades no es avalar excesos ni libertinaje. Justamente, la posibilidad de combatirlos es una de nuestras libertades. Promover que no se vean, como se busca con determinadas marcas, es irracional, pues siempre tendrán un público ansioso de morbo, emociones fuertes, y curiosidad por lo prohibido. La respuesta está en sensibilizar a productores para que atenúen su ampulosidad o - como en los cigarrillos - incluyan mensajes de su desacuerdo y condena a los proyectado en los filmes, caso contrario nos exponemos a masificar una ‘Cultura Netflix’ donde gana el más fuerte físicamente, donde el corrupto exitoso es celebrado, donde el potentado -como en EJC – para distraerse recurre hasta a juegos criminales, y ello contradice precisamente todos los buenos intentos para disminuir la desigualdad. Una buena muestra es que se deje de lado la producción de una segunda parte de esta arrebatada serie. No cambiemos el mundo de esa manera.


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