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Carlos Ginocchio / El museo de la memoria


El Museo de la Memoria, más conocido como ‘LUM’, se promueve como un espacio para ‘la memoria, la tolerancia, y la inclusión social’, propósitos que trascienden la real motivación de su creación: exponer el fenómeno terrorista entre 1980 y 2000.


En 2008 el gobierno alemán ofreció una donación para su edificación durante el gobierno de Alan García. El proyecto estuvo dirigido por Mario Vargas Llosa, y posteriormente, Fernando de Szyszlo. Su construcción estuvo a cargo de Naciones Unidas con aportes de Alemania, Suecia, y la Unión Europea, inaugurándose en 2015.


Este tipo de museografía existe en muchos países: Chile (Memoria y Derechos Humanos), Colombia, Argentina, República Dominicana (Resistencia dominicana), Japón (La paz de Hiroshima), Paraguay (Dictadura y Derechos Humanos, México e Israel (Yad Vashem), como en países donde sin llevar la denominación de ‘Memoria’, rememoran etapas como la barbarie nazi y comunista en Budapest (Casa del Terror) y Ámsterdam (Museo Nacional del Holocausto). Tienen en común la evocación de un holocausto o exterminio contra sectores específicos de la población, y generan polémica en torno a sus muestras, narrativa, y hasta los guías turísticos y sus explicaciones a los visitantes.


He visitado el LUM y, aunque el edificio fue premiado en una Bienal celebrada en Argentina, su ubicación – y el escaso interés de los ciudadanos peruanos en los museos – no contribuye a una mayor afluencia de público. Hoy, tiene detractores que lo acusan de ser una apología del terrorismo, y defensores que manifiestan presenta la realidad de los sucesos. Observo un relativo equilibrio, pero, aunque su web menciona que’ el periodo de violencia 1980-2000 en el Perú, fue iniciado por los grupos terroristas…’, no se percibe con énfasis, de forma que para el visitante esté claro que Abimael Guzmán, Víctor Polay, y sus bandas armadas fueron delincuentes genocidas, originaron baños de sangre y destrucción, y quienes los siguieron – y siguen – tan criminales como ellos, más allá de una malhadada ‘justicia social’.


En el mundo existen diversos tipos de museos: históricos, arqueológicos, científicos, homenajes a personalidades (Van Gogh, Miró), artísticos, eléctricos, agrícolas, biológicos, entre otros. En esta columna, mi intención es proponer otro tipo de LUM, que nos muestre los desastres a los que nos condujeron gobiernos populistas e ideologías trasnochadas: el Museo de los Recuerdos (MUR), donde su presentación sería la frase del filósofo español Jorge Ruiz de Santayana, y que figura en la bienvenida del campo de concentración Auschwitz: “Quien no conoce su historia, está condenando a repetirla”.


¿Qué se expondría en el MUR? Algunos ejemplos a continuación:


• La pérdida de S/ 9,000 millones de soles de las empresas públicas en el período 2012-2021, y el resultado de la aventura empresarial del Estado en la década de 1970. Cerca de 175 empresas públicas fueron creadas durante el gobierno de Velasco, la mayoría luego de expropiaciones, dando pie a un incremento de la planilla pública en 83%, donde sus pérdidas acumuladas para el año 1979 alcanzaron la cifra de US$2,481 millones (FUENTE: IPE). Durante el período 1970 a 1990, la pérdida llegó a US$ 7,100 millones. (Gestión, mayo 2021), exponiendo la cantidad de hospitales, agua y saneamiento, y colegios que se habrían implementado con dichos recursos.


• En tiempos de las estatales Compañía Peruana de Teléfonos y Entel Perú conseguir una línea telefónica demoraba mínimo dos años, y de adquirirla a un particular, una inversión superior a US$ 1,500 de esa época.


• El desastre que generó la Reforma Agraria de Velasco, convirtiéndonos en importadores de azúcar, cuando antes la exportábamos: 1,200 organizaciones asociativas o cooperativas, la productividad del agro se redujo en 17%, mientras que en el resto de los países de la región aumentó cerca de 18%, según datos del Departamento de Agricultura de EE. UU (FUENTE: IPE), las cuantiosas pérdidas de estas, los millones de soles que aportó el Estado para su rescate financiero.


• La inflación durante el gobierno de Alan García (1985 - 1990) que superó 10,000% y sus efectos, por las medidas populistas y la Constitución de 1979. El trabajador recibía su salario, e inmediatamente adquiría bienes que, una hora más tarde tenían un mayor precio. La escasez y las colas para comprar alimentos: arroz, aceite, azúcar, leche, entre otros. Tuvimos que cambiar de signo monetario desde el Sol hacia el Inti, y luego ‘Inti Millón’, y ‘Nuevo Sol’, pues las calculadoras no soportaban la cantidad de dígitos. Sueldos de millones de soles que no cubrían la canasta familiar. Nuestra moneda era más valiosa para utilizarla como una arandela.


• Los procesos para adquirir un automóvil pues la oferta era de solo 4 marcas, y se tenía que adelantar un monto no menor a US$ 5,000 para que se le entregue al comprador en un plazo no menor de seis meses, y debiendo este aportar montos adicionales por la devaluación.


• La desaparición del crédito: cero financiamientos hipotecarios, automovilísticos, viajes.


• Imposibilidad de viajar al interior del país, en especial hacia Ayacucho y Pucallpa, por citar dos destinos, casi liberados por las huestes terroristas. La juventud que hoy se desplaza fácilmente, en esos tiempos, viajar al extranjero era casi imposible. El Mundo nos consideraba como ‘apestados’.


• La pobreza en el Perú: Más de 50% al inicio de la década de 1990.


• Por supuesto, también los principales efectos del terrorismo: coches bomba, matanzas salvajes, destrucción de infraestructura, atraso en las regiones que ocupaba. Miles de vidas y de millones de soles perdidos por su insanía.


La lista es interminable y es parte de lo que la actual generación desconoce, y en su idealismo juvenil, es presa fácil de los vocingleros que buscan revivir situaciones que nos causaron mayores pérdidas de vidas y económicas que la actual corrupción, condenable, por cierto. La empresa privada tiene la palabra para implementar este museo. Es la mejor forma de combatir a los charlatanes de siempre.


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