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Carlos Ginocchio / La gran batalla


En 1989 cayó el Muro de Berlín tras casi tres décadas de vigencia (1961), el monumento más emblemático de la Guerra Fría, con una longitud de 45 kilómetros, y que generó más de 200 fallecidos en su intento de cruzarlo para pasar a Alemania del Oeste. Fue Mijaíl Gorbachov, secretario general del Partido Comunista soviético, quien inició reformas (Perestroika) para recomponer una economía en crisis, que pese a dichos esfuerzos, colapsó, y generó dos años después (1991), con Yeltsin, la disolución de la Unión Soviética, la independencia de las quince repúblicas que la integraban, y la transformación de la economía estatista - propia del régimen comunista - a una capitalista de Estado, que hoy ubica a Rusia con el décimo segundo PBI mundial. Otros líderes considerados influyentes del proceso fueron los presidentes estadounidenses Ronald Reagan y George Bush, la primera ministra británica Margaret Thatcher, y el papa Juan Pablo II.


Los partidarios del Capitalismo, líderes políticos occidentales, y grandes empresarios, se sintieron triunfadores ante un sistema que se caracterizaba por la propiedad y medios de producción en manos del Estado, planificación absoluta de la economía, enemigo de la inversión y propiedad privada.


Los supuestos perdedores, adeptos a la frase de Antoine Lavoisier (la energía no se crea ni se destruye) descubrieron los flancos débiles del capitalismo, y camuflaron sus doctrinas en estos. Mientras los cultores del capital se solazaban con el crecimiento del PBI, auge del comercio exterior, incremento de la inversión privada y el empleo (no necesariamente formal y bien remunerado), nuevas tecnologías, y acumulación de reservas, sin importar se produzcan a través de monopolios, oligopolios, desdén al consumidor, consideración del trabajador como mercancía, y corrupción.


El capitalismo despreció lo más importante del ser humano: la Cultura, cercano a la frase del dramaturgo nazi Hanns Johst (1890-1978) en su obra ‘Schlageter’: “cuando oigo la palabra ‘cultura’, echo mano a mi pistola” (se le atribuye erróneamente a Joseph Goebbels, ministro de propaganda de Hitler). Oídos sordos a la declaración de Robert Kennedy: “el PIB lo mide todo excepto lo que hace que valga la pena vivir la vida. No refleja la salud de nuestros hijos, la calidad de nuestra educación. No mide la belleza de nuestra poesía, ni la solidez de nuestros matrimonios. No se preocupa de evaluar la integridad de nuestros representantes. No toma en consideración nuestra cultura. Nada dice de nuestra compasión ni de la dedicación a nuestro país”. En conversaciones con importantes empresarios – alardeando su ignorancia y desinterés por el prójimo – manifestaron que ‘la cultura no se come’.


La cultura sí permite comer, y muy bien, y no me refiero a personalidades Vargas Llosa, John Grisham o Stephen King, sino a los miembros prominentes de una supuesta izquierda desplazada y condenada al ostracismo, quienes a través de sus ONG perciben suculentos fondos para difundir sus ideas, herederos de Gramsci – más eficiente a lo largo del tiempo que Marx, Lenin o Mao – quien afirmaba que una forma de dominio era la supremacía cultural y moral: “la conquista del poder cultural es previa a la del poder político”, y “la indiferencia es el peso muerto de la historia”.


La historia de la humanidad está plagada de injusticias, según el espacio-tiempo de cada edad histórica. Con las revoluciones industrial y del pensamiento, los atropellos se han reducido (no eliminado) y generado una conciencia universal para condenarlos. El crecimiento económico y la tecnología contribuyeron a reducir la pobreza y mejorar las condiciones de vida en la mayoría de países, pero aún permanece un grupo significativo de personas excluidas, y aspectos que no han sido considerados al mismo nivel de progreso que el financiero. Son, los vencidos en la Guerra Fría, quienes han levantado sus banderas para dominar el escenario mundial, con la aprobación de las mayorías, y, por ende, con aires democráticos, aunque lamentablemente en muchos casos solo sean una excusa para imponer un nuevo autoritarismo.


¿Cuáles son estas banderas?, el combate contra la desigualdad, y el maltrato de la mujer, respeto a la diversidad sexual, conservación del ambiente, derechos humanos, salud y educación eficientes al alcance de los más pobres, entre otros. Aquellos que los líderes más representativos del comunismo mundial despreciaron en su momento (Reinaldo Arenas fue perseguido y encarcelado en Cuba por su homosexualidad y crítica al gobierno, y de los 33 miembros del gobierno de Putin, solo 3 son mujeres, mientras que de los 24 de Biden, 11 son de sexo femenino), pero han servido para retomar el liderazgo, aprovechando que los supuestos defensores del mercado (de liberales, muy poco) se opusieron y hasta atacaron estas iniciativas, que gozan – con razón – del respaldo de la sociedad (especialmente, la juventud) introduciendo en estas sus agendas, la despenalización del aborto una de ellas.


Los instrumentos fueron, precisamente, culturales: la formación de organizaciones no gubernamentales para difundir estas iniciativas, con el respaldo de donantes de todo tipo, películas, libros, conferencias, revistas, folletos, programas y su divulgación en instituciones educativas (incluso algunas consideradas como centros tradicionalmente de derecha), especialmente en facultades de Letras y Derecho, justamente las que integran el Poder Judicial, y el Ministerio Público. Palabras como ‘diversidad’, ‘tolerancia’, ‘homofóbico’, ‘discriminación’, y ‘tolerancia’ se hicieron comunes en el lenguaje de estas organizaciones.


Don Rafael Belaunde decía que las masas se combaten con masas y las ideas con ideas. No bastan las marchas, se requiere la batalla cultural, que demanda por lo menos una década. Cuando esta se abandona o el odio reemplaza al debate, el equilibrio se pierde, y el resultado es un régimen autoritario maquillado como el de Venezuela, engañoso como el cubano, hereditario como Corea del Norte, o un capitalismo estatal como el de China (así inició Singapur su despegue), en el cual el ingreso económico y la seguridad ante la delincuencia reemplazan a las libertades.


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