Embajador Jorge Castañeda / Elecciones más de lo mismo
- Embajador Jorge Castañeda
- 15 mar
- 5 Min. de lectura
Salvo un milagro, ¿por qué el resultado de las elecciones será más de lo mismo?
En el Perú, estamos a punto de ser testigos de una nueva paradoja electoral. De los 38 partidos políticos que participarán en las próximas elecciones para la Presidencia y el Congreso, los analistas coinciden en que solo entre 5 y 8 lograrán superar la valla electoral. Hasta ahí, todo parece normal. Lo sorprendente, y profundamente preocupante, es que, según todas las encuestas, 4 de esos 5 u 8 partidos serían los mismos que ya tienen representación en el actual Congreso.
La pregunta que cualquier ciudadano se hace es inevitable: ¿cómo es posible? Si la desaprobación del Congreso bordea el 85% y las razones están a la vista —corrupción sistémica, blindaje entre colegas, contratación de familiares, leyes mal hechas y una desconexión total con la gente—, ¿cómo es que los responsables de esta crisis serían los grandes ganadores en las urnas?
La respuesta no es sencilla, pero tampoco es un misterio. No se trata, en realidad, de una paradoja, sino del resultado lógico de un sistema político que parece diseñado para perpetuarse a sí mismo. Para entenderlo, hay que mirar con atención cómo operan los partidos en el Perú. La mayoría de ellos dista considerablemente de ser instituciones sólidas, con una ideología definida, programas de gobierno claros o una militancia activa.
Por el contrario, funcionan como organizaciones débiles y de corta duración, verdaderos "vehículos electorales" creados en torno a los intereses de un líder que, frecuentemente, carece de las capacidades y la experiencia que el cargo exige. Esta precariedad estructural se manifiesta en prácticas como las afiliaciones fraudulentas, que evidencian no solo su debilidad orgánica, sino también una profunda falta de ética. En este contexto, la selección de candidatos rara vez responde a criterios de idoneidad, lo que explica por qué una alta proporción de los electos carece del conocimiento y la solvencia moral necesarios para anteponer los intereses del país a los personales o de partido.
Ahora bien, ¿cómo es posible que estos mismos partidos, con este historial, mantengan su representación? Una primera razón tiene que ver con el poder de la marca, por más desgastada que esta se encuentre. En un panorama con más de 36 candidatos presidenciales y 38 listas al Congreso, la mayoría de los peruanos vota con muy poca información. Frente a decenas de nombres y logos desconocidos, el ciudadano suele refugiarse en lo que le resulta familiar, aunque sea por malas razones. Que un partido sea conocido le da una ventaja enorme sobre la competencia.
A esto se suma la debilidad estructural de las alternativas: los partidos nuevos o emergentes suelen ser fotocopias de los viejos, con liderazgos igual de personalistas, candidatos improvisados y nulo arraigo en las regiones. La ciudadanía quiere castigar a los responsables, pero se encuentra con que no hay una opción de reemplazo creíble a la cual trasladar su voto. Es el fenómeno del "voto castigo sin opción de reemplazo".
Paralelamente, existe un fenómeno menos visible pero igual de determinante: el voto duro. A pesar del desprestigio generalizado, cada partido con representación parlamentaria conserva un núcleo de votantes fieles. Pueden ser lealtades históricas, redes clientelares en algunas zonas del país o simplemente la identificación con una figura local.
Este voto duro, aunque minoritario en términos porcentuales —puede rondar el 5%—, resulta suficiente para asegurar el umbral de la valla electoral en un sistema con 38 partidos, donde los votos se dispersan de tal manera que incluso la fuerza política más impopular puede colar a sus representantes si logra mantener a su núcleo unido. El sistema electoral peruano, con su voto preferencial y la facilidad para crear partidos, no solo permite, sino que incentiva esta fragmentación. La valla electoral del 5%, que en teoría debería filtrar a las opciones más débiles, se convierte en un colador cuando compiten casi 40 opciones.
A nivel individual, opera además una suerte de disonancia cognitiva en el electorado. Es frecuente encontrar a personas que detestan al Congreso como institución, pero que tienden a justificar o a ver con menos maldad al congresista por el que votaron o al partido con el que simpatizan. Esta desconexión entre la desaprobación general y la valoración específica permite que partidos desprestigiados a nivel agregado conserven respaldos concretos en determinadas circunscripciones o segmentos sociales.
A ello se suma la frágil memoria electoral que caracteriza al Perú. Los escándalos duran lo que dura un titular y, entre una elección y otra, los casos de corrupción tienden a diluirse en el imaginario colectivo, sepultados bajo nuevas controversias. Al no existir mecanismos efectivos de rendición de cuentas que vinculen el desempeño pasado con la posibilidad de reelección, los partidos pueden presentarse como "nuevas opciones" a pesar de haber tenido un desempeño deficiente en el periodo anterior.
Finalmente, no puede ignorarse la capacidad de los partidos tradicionales para desplegar estrategias de marketing y reposicionamiento. Son maestros en el arte del maquillaje electoral: cambian de nombre o de símbolos, apartan a los candidatos más quemados y los reemplazan por caras nuevas, aunque pertenezcan a la misma estructura, o se visten de oposición feroz para capitalizar el voto antisistema. De esta manera, logran engañar a votantes descontentos que buscan castigar a "los políticos de siempre", sin reparar en que el partido al que están votando es parte constitutiva del problema estructural.
Romper este círculo vicioso no es cuestión de pequeños ajustes ni de esperar que, por cansancio, el electorado "escuche" de repente un discurso sensato. Requiere algo mucho más profundo y, en el contexto actual, casi improbable: que la ciudadanía, hastiada pero dispersa, logre coordinar tácitamente su voto en torno a una propuesta que no prometa demagogia, sino que ofrezca un equilibrio real.
Implicaría que, por encima de los personalismos, las marcas conocidas y el facilismo de las soluciones mágicas, el país optara mayoritariamente por un proyecto que asuma la complejidad de gobernar. Un proyecto que no alimente el odio, sino que reconstruya la confianza desde la eficiencia y la ética. Eso, en el panorama fragmentado y polarizado que hemos descrito, tiene todas las papeletas para no ocurrir.
En conclusión, lo que aparentaba ser una paradoja no es más que la consecuencia natural de un sistema político que funciona como una trampa para la ciudadanía. La persistencia de partidos altamente desprestigiados no expresa una preferencia positiva por ellos, sino la ausencia de opciones creíbles que canalicen el descontento.
Mientras los partidos sigan siendo frágiles vehículos electorales al servicio de sus líderes, mientras las alternativas sean igual de débiles y mientras el sistema electoral premie la fragmentación por encima de la representatividad, el resultado será el mismo: los mismos rostros, los mismos partidos y el mismo Congreso desaprobado. Mientras no se exijan y concreten reformas de fondo —filtros de idoneidad para los candidatos, mecanismos que fomenten partidos sólidos y formas efectivas de que la ciudadanía pueda castigar el mal desempeño—, el ciclo se repetirá. Los peruanos seguiremos atrapados en un círculo vicioso: desaprobamos masivamente, pero votamos para que todo siga igual. Y ellos, los de siempre, lo saben. Por lo tanto, es de esperar que el resultado de las elecciones será más de lo mismo salvo que el milagro ocurra.
Dicho milagro requeriría de un voto mayoritario por una opción de centro que entienda que no hay inclusión posible sin una economía de mercado que la financie, ni mercado estable sin una sociedad que lo sostenga.




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