Juan Pari / Ciencia y educación ni valor agregado
- Juan Pari
- hace 1 hora
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Ecuación inexistente: economía, ciencia, educación ni valor agregado en el Perú
El Perú enfrenta una contradicción cada vez más evidente. Millones de jóvenes estudian, se esfuerzan y culminan carreras técnicas o universitarias, pero el sistema económico no logra integrarlos adecuadamente al desarrollo nacional. La educación avanza separada de la producción, la innovación permanece desconectada de las necesidades reales del país y la tecnología se utiliza principalmente para digitalizar trámites administrativos, mientras la estructura económica continúa dependiendo de exportación primaria, informalidad y baja productividad.
El problema del Perú no es falta de talento. El problema es que durante décadas no se construyó un sistema capaz de convertir educación, conocimiento, innovación y tecnología en desarrollo productivo nacional. El país forma estudiantes, pero no logra integrarlos plenamente a sectores estratégicos de la economía. Habla de innovación, pero todavía no consolida un verdadero sistema nacional de innovación productiva.
Durante décadas el Perú ha construido un discurso económico basado en crecimiento, estabilidad macroeconómica y apertura de mercados. Sin embargo, detrás de esas cifras existe una discusión mucho más profunda que pocas veces se quiere abordar: el tipo de economía que el país consolidó y cómo esa estructura terminó condicionando el desarrollo de la educación, la ciencia y la tecnología.
El problema no es que se invierta poco en investigación o que tenga debilidades educativas. El problema central es que el propio modelo económico no demanda de manera intensiva ciencia, innovación ni desarrollo tecnológico nacional. Ahí aparece una de las contradicciones más importantes del país.
Las cifras oficiales ayudan a entenderlo. Según el BCRP Y EL INEI, el sector servicios representa alrededor de la mitad del Producto Bruto Interno peruano. Comercio, transporte, restaurantes, telecomunicaciones, intermediación financiera y otras actividades terciarias concentran gran parte del movimiento económico nacional.
Al mismo tiempo, el patrón exportador sigue siendo profundamente extractivista. De acuerdo con información oficial del MINEM del Observatorio CEPLAN, más del 60% de las exportaciones peruanas continúan dependiendo de la minería.
Eso revela una doble estructura económica. Hacia afuera, el Perú funciona como una economía primaria-exportadora basada en recursos naturales. Hacia adentro, gran parte de la economía se sostiene sobre servicios y comercio. El problema es que ninguno de esos dos componentes exige necesariamente una gran base científica nacional o una política agresiva de innovación tecnológica.
Ahí comienza la fractura estructural entre economía, educación y ciencia.
Durante años se habló de competitividad y modernización, pero sin transformar realmente la estructura productiva del país. El resultado es una economía que puede crecer exportando minerales y expandiendo servicios urbanos sin necesidad de desarrollar masivamente investigación científica propia, tecnología industrial avanzada o innovación nacional.
Eso explica por qué la ciencia y la tecnología muchas veces terminan siendo tratadas como elementos secundarios dentro del debate público. No porque no sean importantes, sino porque el propio modelo económico logró sostener crecimiento sin convertirlas en una necesidad estratégica.
Las cifras de inversión en investigación y desarrollo reflejan claramente esa realidad. Según datos del Banco Mundia, el Perú invierte apenas alrededor de 0.16% a 0.18% del PBI en investigación y desarrollo (I+D), uno de los niveles más bajos de América Latina y muy lejos de las economías que lograron procesos sostenidos de industrialización y generación de valor agregado.
El contraste internacional es enorme. Brasil supera el 1% del PBI en investigación y desarrollo; Chile bordea el 0.34%; el promedio de los países de la OCDE se acerca al 3%; Corea del Sur supera el 5%; e Israel se aproxima al 6% del PBI destinado a ciencia y tecnología.
La diferencia no es casual. Responde al tipo de economía que cada país decidió construir. Las economías que generan alto valor agregado necesitan investigación permanente, innovación industrial y desarrollo tecnológico para sostener productividad y competitividad global. El Perú, en cambio, consolidó durante décadas una estructura económica donde el crecimiento podía sostenerse exportando materias primas, expandiendo servicios y dependiendo tecnológicamente del exterior.
Pero el problema incluso va más allá de la extracción de recursos naturales. La discusión clave está en dónde se genera realmente el valor agregado.
El Perú exporta cobre, zinc, plata, oro y otros minerales estratégicos. Sin embargo, la mayor generación de conocimiento, tecnología y rentabilidad asociada a esos recursos se desarrolla fuera del país. Las cadenas industriales de alto valor agregado (microelectrónica, semiconductores, baterías, electromovilidad, automatización, inteligencia artificial y manufactura avanzada) se concentran principalmente en economías industrializadas.
Ahí aparece uno de los puntos más críticos del modelo peruano: mientras el país exporta materias primas, otros países desarrollan tecnología y valor agregado a partir de esos mismos recursos.
El verdadero valor económico ya no se concentra solamente en la extracción. Hoy el mayor valor está en el diseño tecnológico, las patentes, la industrialización avanzada, el software, la automatización y la innovación aplicada.
Por eso el Perú termina atrapado en una situación profundamente desigual:
exporta recursos estratégicos;
pero importa maquinaria, tecnología y conocimiento industrial;
exporta minerales;
pero importa productos electrónicos y bienes tecnológicos;
exporta materia prima;
pero el valor agregado queda fuera del país.
Y esa realidad tiene consecuencias directas sobre la educación.
La demanda de capacidades científicas, tecnológicas e industriales termina desarrollándose principalmente en los países que transforman esos recursos. Son esas economías las que necesitan investigadores, ingenieros especializados, laboratorios avanzados, universidades conectadas con industria y sistemas permanentes de innovación.
Mientras tanto, el Perú muchas veces queda atrapado en las etapas iniciales de la cadena económica: extracción, exportación y servicios de soporte.
Eso explica buena parte de los problemas del sistema educativo peruano. Miles de jóvenes ingresan a universidades e institutos, pero el aparato productivo nacional no logra absorber plenamente capacidades altamente especializadas. El resultado es visible en el subempleo profesional, la informalidad laboral, la migración de talento y la desconexión entre universidad y economía.
No se trata simplemente de un fracaso educativo. Se trata de una estructura económica que históricamente no necesitó convertir el conocimiento avanzado en el principal motor del crecimiento.
Por eso el debate sobre educación no puede seguir separado del debate sobre modelo económico. No basta con aumentar presupuesto educativo si la economía continúa dependiendo principalmente de exportación primaria y servicios de baja complejidad tecnológica.
La experiencia internacional demuestra exactamente lo contrario. Los países que lograron transformar sus economías no crecieron únicamente exportando recursos naturales. Construyeron cadenas industriales, promovieron investigación aplicada, protegieron sectores estratégicos y vincularon educación con producción.
Corea del Sur no se convirtió en potencia tecnológica solo por mejorar escuelas. Lo hizo porque desarrolló una estrategia nacional de industrialización, innovación y generación de valor agregado. Lo mismo ocurrió en países que entendieron que la soberanía económica del siglo XXI depende también de soberanía tecnológica.
Ahí está probablemente el desafío más importante para el Perú contemporáneo.
El país necesita dejar de pensar la educación como un tema aislado o meramente social. La educación, la ciencia y la tecnología forman parte de una discusión mucho más profunda: qué tipo de economía quiere construir el Perú y si seguirá siendo principalmente un exportador de recursos naturales o si buscará convertirse en una nación capaz de producir conocimiento, industria, innovación y tecnología propia.
Porque mientras el valor agregado, la innovación y la demanda de capacidades avanzadas continúen desarrollándose fuera del país, el Perú seguirá creciendo económicamente sin lograr transformar estructuralmente su desarrollo




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