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Fabiola Morales / De los partidos a las alianzas 



Los ciudadanos tienen todo el derecho de fundar partidos políticos para participar en las elecciones; es una realidad que, en estos momentos, ya tenemos una treintena de ellos con todas las credenciales listas para inscribir a sus afiliados y candidatos. Una muestra de que la legalidad no necesariamente fortalece la democracia; porque este panorama expresa la dificultad que tenemos para llegar a acuerdos y es un síntoma de nuestra falta de capacidad para formar grandes bloques.

 

Los países de mayor tradición democrática se alternan el poder, usualmente, entre dos tendencias, como es el caso del Reino Unido, donde el partido Laborista acaba de ganar las elecciones al Conservador; o como en España que, después de la transición política, se fortalecieron los Populares y los Socialistas. No será el caso nuestro en muchos años; pero es urgente que nos esforcemos por construir alianzas políticas con base en corrientes con visiones ideológicas similares con miras a un crecimiento sostenible que nos catapulte como una de las naciones más atractivas de la región en el mundo, lo tenemos todo, solo hace falta la buena voluntad de buscar la unidad.

 

Los partidos que proponemos un modelo basado en los valores de la libertad y del respeto a la dignidad de la persona como fin del Estado, lejos de la visión materialista, estatista y totalitaria, debemos comprender que solo el trabajo en equipo y colaborativo, sin individualismos peligrosos, puede llevarnos a armar una plataforma de gobierno donde haya lugar para que todos aportemos, sin necesidad de enfrentarnos por vanos protagonismos que se desvanecen con el pasar de los años.

 

La unidad es un valor al que siempre hemos aspirado, pero difícilmente lo hemos conseguido en política. La tendencia actual es hacia la dispersión que se expresa, no solo por la cantidad de partidos que han surgido, sino también por la atomización del Congreso de la República. La convivencia pareciera que cada día es más difícil, porque predomina el individualismo y se nos hace cuesta arriba trabajar en equipo en torno a determinadas ideas en lo referente al rumbo democrático, económico y social que debiera emprender el Perú.

 

Muchos planes de gobierno son muy similares; pero más que fijarnos en las coincidencias, ponemos el acento en las pequeñas discrepancias que no son de fondo, sino de forma. Nos atreveríamos a decir incluso que los distintos modos de ser de las personas que comparten nuestras ideas, en lugar de enriquecernos, nos separan. Nos hace falta pasar por encima de superficialidades, para apostar por el proyecto político común.

 

En la convivencia –más aún en la política– se perfila el carácter y surgen así los liderazgos con autoridad auténtica, porque se trata de personas que están dispuestas a construir vínculos, aun a costa de renuncias personales, para fortalecer al equipo con la mirada puesta en el mediano y largo plazo, para llevar a cabo la acción política, basándose en las mejores decisiones para el bien común.

 

Los sistemas democráticos maduran cuando los ciudadanos y, en especial, aquellos que aspiran a representarlos, maduran. Mientras sea solo la ambición del poder por el poder lo que prime y no los grandes objetivos del bien común, no vamos a salir de la crisis de la dispersión política que debilita la institucionalidad y la gobernabilidad.

 

El esfuerzo por pasar de los partidos a las alianzas es necesario, como también que este proceso sea acompañado por una legislación que las favorezca y promueva, y no ponga obstáculos a la búsqueda de la unidad.


 

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