Fabiola Morales / Vuelve el Congreso bicameral
- Análisis Efectivo

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El Poder Legislativo iniciará este año un período histórico, al pasar de ser un Congreso unicameral a tener dos cámaras: la de Diputados, con 130 representantes, y la de Senadores, con 60, cada una con atribuciones distintas. Recién, pasado ya el primer cuarto de este siglo XXI, se ha conseguido el consenso necesario para volver a la bicameralidad, que se perdió hace 33 años, en 1993.
El sistema bicameral busca dar una revisión más detallada y reflexiva a las leyes. La idea es que los proyectos de ley sean revisados dos veces para mejorar su calidad y reducir los errores que, eventualmente, se puedan cometer por actuar con rapidez y sin un mayor examen de estos. Ahora, las propuestas de ley nacerán en la Cámara de Diputados y luego pasarán al Senado para ser estudiadas y, si hay acuerdo, se enviarán al Poder Ejecutivo para su promulgación.
El Senado tiene la potestad de revisar las propuestas para modificarlas o devolverlas a la Cámara de Diputados, lo cual, como es lógico, llevará más tiempo y supondrá un mayor costo, a diferencia de un sistema unicameral. Sin embargo, a cambio, se espera que los textos legislativos mejoren en calidad y oportunidad, con la mirada más amplia y profunda que deben recibir de la llamada Cámara Alta.
Además de presentar los proyectos de ley, la Cámara de Diputados pone énfasis en sus funciones de representación de la ciudadanía y de fiscalización, mientras que el Senado se enfoca en la revisión de las leyes y participa en la designación de funcionarios importantes del Estado: elige al defensor del Pueblo, a los miembros del Tribunal Constitucional, al contralor general de la República, al superintendente de Banca, Seguros y AFP, a tres directores del Banco Central de Reserva y ratifica a su presidente.
Es así como un Congreso bicameral se reparte las responsabilidades para conseguir un mejor equilibrio y un mayor control entre las cámaras. Asimismo, asegura una mayor estabilidad política al país, ya que, si bien tiene la facultad de declarar la vacancia de la Presidencia de la República, el procedimiento es más complejo porque intervienen ambas cámaras en un proceso mucho más largo y siempre con una mayoría calificada.
Sin embargo, la calidad del trabajo del Congreso no está asegurada al cien por ciento por el hecho de ser bicameral, sino por la preparación de los representantes, la altura del debate, el trabajo técnico y, sobre todo, el respeto que se debe a las instituciones democráticas. Este cambio, por tanto, no asegura automáticamente mejores resultados; todo depende de cómo funcione en la práctica.
En cuanto a la calidad académica de los diputados y senadores, observamos que muchos de ellos no tienen los estudios suficientes ni el conocimiento adecuado para enfrentar este reto. Ello sucede porque la representación nacional se sustenta en el voto popular y no en los estudios realizados, por la sencilla razón de que sus integrantes son la expresión de la democracia y no de la tecnocracia. Este es el motivo por el cual son necesarios los asesores, quienes los ayudan en la investigación, la redacción, la revisión de motivos, la medición de los impactos de los proyectos de ley y la preparación de los argumentos para el debate.
El éxito del sistema bicameral dependerá de las decisiones políticas que tomen los parlamentarios y las bancadas, en concordancia con las verdaderas necesidades de los ciudadanos de todo el país, así como de su trabajo comprometido con los valores éticos y democráticos, siempre en busca del bien común y del servicio público con responsabilidad. Es necesario superar la tentación del populismo.




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