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Juan Pari / Educación en crisis 

  • Juan Pari
  • hace 1 día
  • 4 Min. de lectura

Una escuela que falla en una economía que no transforma

En la última semana, en el denominado debate presidencial, se ha puesto sobre la mesa un tema que siempre aparece en este tipo de espacios: la educación, la innovación y la tecnología. Se han repetido diagnósticos, se han lanzado propuestas, se ha hablado de crisis educativa, de modernización, de futuro digital. Todo eso suena bien. El problema es que, otra vez, se está mirando el tema por partes… y no como un todo.

 

Porque la educación no es un tema aislado.

Está directamente vinculada a algo más grande: qué tipo de país quieres construir.Y ahí es donde el Perú no termina de definirse.

 

Los datos educativos son claros y no se pueden maquillar. Una proporción importante de estudiantes no alcanza niveles satisfactorios en lectura ni en matemática, algo que el propio Ministerio de Educación viene reportando en sus evaluaciones nacionales. Eso ya es grave. Pero incluso si ese problema se corrigiera mañana, seguiría existiendo otro más profundo: el sistema educativo no está conectado con el sistema productivo. Se estudia, se egresa, pero no necesariamente se entra a una economía que absorba ese conocimiento.

 

Ahí aparece el verdadero quiebre. Más del 70% del empleo en el Perú es informal, según el INEI. Ese dato no es solo laboral, también es educativo. Revela que el país no está formando personas para insertarse en sectores productivos de mayor productividad, sino que termina empujando a la mayoría hacia actividades de subsistencia.

 

Y eso se ve en la calle, no es teoría. Tenemos egresados universitarios, incluso profesionales titulados, manejando taxi, haciendo delivery o armando pequeños emprendimientos informales para sobrevivir. No porque quieran, sino porque no encuentran un espacio en la economía donde aplicar lo que estudiaron. Ese desajuste no solo frustra a la persona, también es una pérdida para el país.

 

Se insiste mucho en que hay que innovar. La palabra aparece en todos lados, también en el debate. Pero cuando uno mira la estructura real del país, la innovación no aparece como sistema. El Perú invierte alrededor de 0.16% de su PBI en investigación y desarrollo, según el Consejo Nacional de Ciencia, Tecnología e Innovación Tecnológica. Es una cifra baja, incluso para estándares regionales. Con ese nivel de inversión, hablar de economía del conocimiento suena más a aspiración que a política pública.

 

Algo parecido pasa con la tecnología. En el debate se ha hablado mucho de digitalización, de plataformas, de modernización del Estado. Bien. Pero eso no es desarrollo, eso es gestión. Se puede digitalizar un trámite y seguir teniendo una economía primaria. Se puede modernizar el Estado y seguir sin industria.

 

Cuando uno junta todo esto, el patrón es claro. El país forma personas, pero no las integra a procesos productivos más complejos. Habla de innovación, pero no invierte en ella. Usa tecnología, pero no para producir más, sino para administrar mejor lo que ya existe.

 

Y ahí volvemos al punto inicial.

 

La educación no falla sola.

Falla porque responde a un modelo de país que tampoco está claro. Si el país decide seguir siendo un exportador de materias primas, la educación se va a adaptar a eso. Si decide construir industria, tecnología y valor agregado, la educación también cambia.

 

Por eso el problema no es solo educativo. Es estratégico.

Hoy el Perú exporta minerales, productos agrícolas y recursos naturales, pero transforma muy poco de lo que produce. Y ahí está el punto que casi no se quiere mirar. El valor agregado se genera fuera, en países que sí tienen industria, tecnología y financiamiento, y con eso también se llevan el empleo de calidad. Acá nos quedamos con la parte más débil de la cadena: extracción y producción primaria, que generan ingresos, sí, pero no suficientes ni sostenidos para integrar a la mayoría.

 

Eso termina jalando hacia abajo todo el sistema. Si la economía no demanda conocimiento más complejo, la educación tampoco se orienta a producirlo. La innovación no despega. La productividad se estanca.

 

En ese contexto, la educación queda atrapada en una contradicción bien clara: se le exige que sea motor de desarrollo, que forme profesionales competitivos, que impulse el crecimiento, pero no existe un sistema económico donde todo eso pueda aterrizar. Entonces pasa lo que ya vemos: técnicos que no encuentran industria donde aplicar lo que saben, profesionales que no acceden a investigación aplicada porque no hay ecosistema, emprendedores que intentan crecer pero se quedan sin crédito o mercado.

 

Aquí llegamos a una punto que casi  no se quiere tocar y es decisivo: el financiamiento. Sin crédito accesible, sin tasas razonables y sin un sistema financiero que compita de verdad, la pequeña empresa no tiene cómo crecer, la innovación se queda en ideas y la economía no se mueve hacia actividades de mayor valor. Hoy quien quiere invertir se encuentra con barreras reales: crédito caro, requisitos alejados de su realidad y un mercado financiero concentrado que no empuja desarrollo, lo frena.

 

-       Así no se construye industria.

-       Así no se escala productividad.

-       Así no se transforma nada.

 

Por eso el cambio tiene que ser claro: abrir el sistema financiero, generar competencia, crear instrumentos de financiamiento productivo y dirigir crédito hacia sectores que generen empleo y valor agregado. Sin eso, todo lo demás queda en discurso.

 

Y entonces la discusión deja de ser solo educativa. La pregunta de fondo es otra, y es incómoda:

 

¿Qué país queremos construir?

¿Uno que siga extrayendo y exportando lo básico, dependiendo de ciclos externos y generando empleo precario?

¿O uno que transforme lo que produce, que desarrolle industria, que compita y retenga el valor dentro del país?

 

Si el país apuesta por transformación productiva, la educación se alinea. Se vuelve técnica, aplicada, conectada con la economía real. Si no, seguirá formando personas para un sistema que no las necesita. Por eso el problema no es de contenidos ni de reformas parciales. Es de decisión.

 

Y mientras esa decisión no se tome en serio, vamos a seguir en el mismo círculo:

educando más… pero transformando menos.


 

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