Julio Schiappa Pietra / Operación Espejo
Victoria y Repliegue: el espejo de Colombia
El análisis del escenario político latinoamericano contemporáneo revela que la capacidad de repliegue institucional y estratégico es una herramienta tan determinante para la supervivencia de los proyectos políticos como las propias victorias electorales. Tras los recientes reveses sufridos por las corrientes de izquierda en la región frente al avance de plataformas de derecha conservadora y diversas intrusiones o tensiones externas, las experiencias cruzadas de Colombia y Perú abren un debate profundo y urgente sobre la sostenibilidad de los movimientos populares a través de los cauces democráticos e institucionales, planteando una verdadera hoja de ruta para el futuro inmediato.
La reciente postura asumida por Iván Cepeda, un referente indiscutible del Pacto Histórico en Colombia, ilustra de manera clara esta dinámica de repliegue hacia la labor parlamentaria, la legalidad republicana en regiones y municipios, y la movilización social. Frente a los constantes cuestionamientos e impugnaciones de los sectores de la oposición y de la extrema derecha, Cepeda ha optado por consolidar una representación sólida respaldada por una inmensa legitimidad popular. Este fenómeno encuentra un correlato numérico y sociológico de gran relevancia en el Perú, donde más de 9 millones de electores apoyaron diversas propuestas de izquierda en los últimos procesos electorales, demostrando la existencia de una base social activa pero que actualmente carece de una articulación estratégica eficiente. En ese sentido, analistas políticos del progresismo peruano, sugieren que dirigentes locales como Roberto Sánchez enfrentan el desafío histórico de interpretar y asimilar la experiencia colombiana, adaptándola con inteligencia a las complejidades locales y a la fragmentada realidad socioeconómica del Perú.
El fundamento teórico y práctico de este viraje estratégico se encuentra detallado explícitamente en la carta pública remitida por Iván Cepeda al pueblo colombiano y latinoamericano. En dicha misiva, el político sintetiza los diez puntos esenciales que definen su posición actual y que sirven de espejo para la izquierda continental. En primer lugar, resalta que los 12.7 millones de votos obtenidos junto a su fórmula vicepresidencial, Aida Quilcué, constituyen el mayor respaldo histórico jamás otorgado al progresismo en la historia de Colombia, un capital político que no puede ser dilapidado en aventuras que profundicen la derrota que se vive en el continente. Asimismo, explica que su postulación y accionar respondieron a un mandato ético inquebrantable otorgado por las organizaciones de víctimas de desaparición forzada y los denominados falsos positivos, lo que otorga a su causa una profunda legitimidad moral.
En su manifiesto, Cepeda defiende con firmeza una trayectoria pública intachable y absolutamente alejada de las prácticas de la corrupción tradicional que históricamente han carcomido los cimientos de los Estados andinos. Del mismo modo, el líder colombiano ratifica un diseño de bicefalia estratégica: si bien el presidente Gustavo Petro se mantiene y es reconocido como el máximo líder del Pacto Histórico y del gobierno, Cepeda asume con pragmatismo un rol fundamental en la conducción de la oposición política y la estructura partidaria. Desde este espacio, se compromete firmemente a defender las reformas sociales frente a los embates de los sectores de extrema derecha y a mantener una confrontación pacífica y democrática contra toda forma de violencia. Esto implica un rechazo categórico tanto a las actividades residuales de las guerrillas como al paramilitarismo de derecha, aislando los radicalismos que pretenden desestabilizar el orden republicano. Igual va para los fraudes electorales como arma ilegítima de la lucha electoral.
La tesis central que conecta de forma directa los contextos de Bogotá y Lima es que la contención de la centro derecha y de la extrema derecha regional-apoyada por Trump- no se dirime dejando el control de la democracia a esas fuerzas tradicionales. Por el contrario, el éxito radica en ganar la mayoría política y electoral mediante la persuasión y la acumulación de fuerzas. Las experiencias compartidas por Colombia y Perú indican con claridad que el progreso y la maduración de las corrientes progresistas en el continente están estrictamente ligados a su capacidad para operar dentro de la legalidad constitucional, transformando la representación parlamentaria en su principal bastión de permanencia, resistencia y estabilidad política en tiempos de crisis.
Para el progresismo peruano, la lección es unificadora: la revolución democrática y pacífica, y no de vía armada, es el único camino viable para la transformación estructural. Lo saben mejor los colombianos que eligieron, con Petro, a un ex guerrillero como su primer presidente de izquierda.
Roberto Sánchez y las distintas facciones de la izquierda y progresismo peruano podrían seguir una vía similar: el repliegue no significa una rendición, sino una reagrupación necesaria para construir una oposición programática, coherente y más poderosa. Solo mediante la consolidación de los espacios ganados en el Parlamento, el fortalecimiento del diálogo directo con los movimientos sociales y la sociedad civil, se podrá construir una alternativa de gobierno sólida, capaz de disputar el poder de manera legítima y duradera en los próximos ciclos electorales de la región. Es una vía a la revolución democrática, así de claro.




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