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Magalli Carrillo / El círculo de la violencia familiar 

  • Magali Carrillo
  • hace 7 minutos
  • 8 min de lectura

Cómo se forma y quiénes quedan atrapados en él

En el artículo de hoy quiero analizar la violencia familiar, una realidad que —muy a mi pesar— rara vez se presenta como un hecho aislado en nuestra sociedad y que no discrimina por condición socioeconómica. En la gran mayoría de los casos documentados por especialistas, sigue un patrón que se repite en el tiempo, alternando episodios de agresión con periodos de calma y reconciliación. A ese patrón se le conoce como círculo de la violencia, un concepto acuñado para explicar tanto la dinámica del maltrato como una de sus preguntas más difíciles: por qué a tantas mujeres les resulta tan complicado identificar la violencia y, luego, salir de ella. Me propongo analizarlo desde tres ángulos: qué es y cómo funciona, qué perfil tienen las mujeres que quedan atrapadas en él, y qué características tienen los agresores que las buscan y las envuelven en esta espiral.

 

Empecemos por el origen del concepto. Fue la psicóloga Lenore E. Walker quien, en 1979, formuló el "Ciclo de la Violencia"[1] tras entrevistar a más de 1,500 mujeres víctimas de violencia doméstica. Encontró un patrón que se repetía en tres fases, y creo que vale la pena detenerse en cada una: primero, la acumulación de tensión, con incidentes leves —menosprecios, silencios hostiles— que la víctima intenta calmar; luego, la explosión, el episodio de violencia física, psicológica, sexual o económica propiamente dicho; y finalmente, la reconciliación o "luna de miel", donde el arrepentimiento y las promesas de cambio del agresor refuerzan el vínculo justo cuando parecía que todo podía terminar.

 

Ahora bien, algo que me parece esencial subrayar: ningún ser humano se permitiría, por voluntad propia, entrar en un círculo de violencia. Y es que lo característico de esta violencia es que, al inicio, es silenciosa —una violencia que no parece violencia—. Los abusos suelen comenzar en los primeros años de la relación, a veces incluso desde el noviazgo, y escalan de forma progresiva a partir de incidentes pequeños: menosprecios, ironía, control disfrazado de preocupación, silencios usados como castigo. Esa gradualidad es justamente lo que le impide a la víctima reconocer lo que está viviendo y, por lo tanto, salir de ella, mientras la expone —sin que sea consciente— a un deterioro progresivo de su salud física y psicológica: malestar emocional, ansiedad, depresión, confusión e impotencia, presentes ya desde los primeros episodios.

 

De todos los efectos de esta escalada temprana, el que encuentro más documentado es el deterioro sostenido de la autoestima, y aquí la evidencia cuantitativa es contundente. Un estudio comparativo entre 170 mujeres víctimas y 170 no víctimas, halló diferencias significativas en los niveles de autoestima entre ambos grupos[2]. Una investigación en Arequipa con 140 mujeres encontró una correlación inversa moderada entre violencia de género y autoestima[3]. Un estudio en Lima con 110 madres de familia determinó que la violencia de pareja y la dependencia emocional explican hasta un 33.5% de la variabilidad en la autoestima[4]. Pero quiero hacer un matiz importante aquí, porque me parece clave para no caer en la culpabilización de la víctima: la propia Walker advirtió que el concepto de "indefensión" debe usarse con cuidado, para no dar una imagen distorsionada de las víctimas como personas naturalmente pasivas. No existen rasgos de personalidad previos que las predispongan; la baja autoestima es, en la mayoría de los casos, consecuencia de la violencia, no su causa.

 

Con ese matiz en mente, ¿qué rasgos describe entonces la literatura clínica en las mujeres que atraviesan una relación violenta? De forma consistente aparecen: baja autoestima y sentimientos de inferioridad, ansiedad e inseguridad con respuestas de alerta constante, dependencia afectiva, emocional y económica hacia la pareja, tendencia a autoinculparse, sensación de amenaza incontrolable derivada de la alternancia entre violencia y ternura, aislamiento social, expectativas poco realistas sobre el cambio del agresor, y dificultad para hacer valer los propios derechos dentro de la relación.

 

Y esto no es solo una descripción cualitativa: instrumentos de evaluación como el inventario de personalidad MCMI-III confirman el patrón. En las mujeres víctimas de violencia de pareja se intensifican rasgos dependientes, esquizoides y fóbicos, con puntuaciones más altas en las escalas depresiva y negativista cuanto mayor es la duración del maltrato[5] —es decir, el perfil psicológico se agrava con la exposición prolongada, no es algo estático—. La secuela más documentada, y quizás la más seria, es el trastorno de estrés postraumático (TEPT), frecuentemente en comorbilidad con depresión: un estudio con 148 víctimas encontró una prevalencia de TEPT del 42% en las más jóvenes frente a 27% en las mayores, quienes además mostraban más síntomas depresivos y menor autoestima[6]. Aquí hay un dato que me parece particularmente revelador: la gravedad del daño psicológico se relaciona con la intensidad del maltrato, pero no necesariamente con su componente físico. La violencia psicológica por sí sola predice bien el TEPT, y las agresiones sexuales dentro de la pareja son, según numerosos estudios, su predictor más fuerte[7]. A esto se suma un conjunto de distorsiones cognitivas que sostienen la permanencia en la relación: minimización del maltrato, autoculpabilización, idealización selectiva de la pareja, y lo que algunos autores llaman "expresión límite", esa percepción de que la ruptura sería algo inconcebible o trágico.

 

Hay, además, un factor de fondo que no quiero dejar de mencionar: haber presenciado violencia del padre hacia la madre, o haber sido víctima de violencia física paterna en la niñez, aumenta significativamente el riesgo de sufrir violencia de pareja en la adultez[8], moldeando desde edades tempranas el estilo de apego y la tolerancia hacia dinámicas de control y sumisión. Y aquí quiero cerrar esta parte con la idea que más me interesa transmitir: no existe un perfil de personalidad fijo que predisponga a una mujer a convertirse en víctima[9]. Lo que sí está ampliamente documentado es que estos rasgos —dependencia emocional, baja autoestima, ansiedad, culpa, aislamiento y, en muchos casos, TEPT— se intensifican conforme se prolonga la exposición a la violencia. No es un rasgo de carácter lo que mantiene a una mujer atrapada; es el propio deterioro psicológico que la violencia sostenida provoca.

 

Pasemos ahora al otro lado del círculo: el agresor. Creo que sus rasgos y estrategias merecen la misma atención, porque entender cómo actúa es igual de necesario para comprender que quedar atrapada no es cuestión de debilidad de carácter, sino resultado de una manipulación deliberada y progresiva. Entre sus rasgos psicológicos característicos destacan el control y la posesividad —que puede derivar en agresión física cuando siente que pierde el dominio—, la manipulación emocional sistemática, la negación de responsabilidad (atribuyendo la culpa a la víctima o presentándose él mismo como la verdadera víctima), un pensamiento rígido sobre los roles de género, la baja tolerancia a la crítica, la escasa empatía —aunque puede mostrarse encantador en la fase inicial de la relación— y el aislamiento inducido, vigilando y restringiendo progresivamente la autonomía de su pareja. Vale mencionar que algunos agresores han sido a su vez víctimas de maltrato en la infancia, aunque los especialistas son enfáticos en que ese antecedente nunca justifica ni explica por sí solo la violencia adulta.

 

¿Y cómo captan a sus víctimas? Casi siempre con lo que se conoce como "love bombing" o bombardeo de amor: una seducción intensa y acelerada, con atención excesiva, halagos, regalos y promesas prematuras, que busca crear una dependencia emocional rápida antes de que aparezcan los primeros signos de control. El agresor suele aprovechar vulnerabilidades previas de la víctima, y debo decir que las redes sociales y la mensajería instantánea han hecho este proceso aún más efectivo. Una vez que la víctima se siente "elegida", el afecto se vuelve intermitente y condicionado a la obediencia, dando paso —casi imperceptiblemente— a la primera fase del círculo: la acumulación de tensión. Aunque cada caso tiene particularidades, los agresores tienden a identificar y explotar ciertas vulnerabilidades: baja autoestima, necesidad de aprobación, apego inseguro, soledad, o creencias sobre el amor romántico como entrega total. Y quiero ser clara en esto: no significa que la víctima "atraiga" la violencia, sino que el agresor identifica y aprovecha esas condiciones para asegurar el control sobre la relación.

 

Uniendo ambas piezas —víctima y agresor—, puedo describir el proceso completo como una secuencia progresiva. Comienza con la seducción e idealización del agresor, sigue con los primeros incidentes de control disfrazados de cuidado y la acumulación de tensión a través de episodios pequeños que la víctima minimiza. Esto genera una erosión progresiva de su autoestima y un aislamiento social creciente, hasta llegar al primer episodio de violencia abierta, recibido con incredulidad porque ella aún idealiza a su pareja. Luego llega la reconciliación o "luna de miel", que refuerza el vínculo justo cuando la autoestima está más debilitada, dando paso a la repetición del ciclo con episodios cada vez más frecuentes e intensos y reconciliaciones cada vez más cortas, hasta consolidarse la indefensión aprendida: la víctima deja de percibir alternativas reales, no por falta de voluntad, sino por el desgaste psicológico acumulado. Creo que este proceso explica, mejor que cualquier otra cosa, por qué desde fuera resulta tan difícil comprender que una mujer "no se vaya": lo que parece una decisión no tomada es, en realidad, el resultado de un deterioro psicológico sostenido y deliberadamente inducido.

 

No puedo cerrar este artículo sin hablar del desenlace más extremo. Organizaciones peruanas como Flora Tristán y DEMUS han planteado el concepto de continuum de violencia, que evidencia que la violencia contra las mujeres no ocurre en compartimentos separados, sino como un proceso progresivo que, en su expresión más extrema, puede terminar en feminicidio[10]. La Defensoría del Pueblo refuerza esta lectura al señalar que los casos de feminicidio, tentativa y desaparición no son hechos aislados[11], y datos históricos muestran que más de la mitad de las mujeres asesinadas en el país murieron en un contexto de violencia familiar o de pareja, muchas de ellas tras negarse a retomar la relación. Esto confirma algo que me parece crucial: el mayor riesgo no aparece necesariamente durante la relación, sino al intentar salir de ella. Por eso creo que comprender el círculo de la violencia, el perfil de quienes quedan atrapadas y las estrategias de captura de los agresores no es solo un ejercicio académico: es una herramienta real de prevención, útil para intervenir antes de ese desenlace extremo.

 

Y aunque se trata de una trampa psicológica compleja, quiero mostrar que existe algo de esperanza: los especialistas coinciden en que la indefensión aprendida puede "desaprenderse". El acompañamiento profesional, las redes de apoyo y el reconocimiento de las fases del ciclo —entender que los momentos de arrepentimiento no son prueba de cambio, sino el mecanismo que lo perpetúa— son las herramientas que hacen posible romper el patrón.

 

Pero hay algo que ninguna herramienta externa puede reemplazar, y con esto quiero cerrar: nadie puede abrir los ojos por otra persona. Ese instante en que una mujer deja de justificar, de minimizar, de esperar que el amor prometido en la reconciliación sea real esta vez, y se reconoce a sí misma dentro del círculo de violencia, es un acto profundamente íntimo. Puede acompañarse, puede facilitarse, puede sostenerse con información y con redes de apoyo —de eso trata, en el fondo, este artículo—, pero la decisión de salir sigue siendo, y debe seguir siendo, personalísima: solo le pertenece a ella. Y es justamente en ese reconocimiento silencioso, cuando una mujer se mira y se nombra víctima sin culpa, donde empieza, de verdad, el camino de vuelta hacia sí misma.

 


 


[1]Walker, L. (1979). The Battered Woman. New York: Harper & Row.

[2]Estudio comparativo sobre autoestima y violencia de pareja aplicando la Escala de Autoestima de Rosenberg (170 mujeres víctimas y 170 no víctimas), Perú.

[3]Estudio sobre violencia de género y autoestima en mujeres atendidas en consultorio de ginecología, Arequipa, Perú (2022).

[4]Estudio sobre violencia de pareja, dependencia emocional y autoestima en madres de familia, Los Olivos, Lima, Perú (2022).

[5]Davins, M. (2005); Pico-Alfonso, M.A., Echeburúa, E. y Martínez, M. (2008). Estudios sobre intensificación de rasgos de personalidad (MCMI-III) en mujeres maltratadas.

[6]Sarasua, B., Zubizarreta, I., Echeburúa, E. y Corral, P. (2007). Perfil psicopatológico diferencial de las víctimas de violencia de pareja en función de la edad. Psicothema, 19(3), 459-466.

[7]Amor, P.J., Echeburúa, E., Corral, P., Sarasua, B. y Zubizarreta, I. (2001, 2002). Estudios sobre violencia psicológica, agresión sexual y trastorno de estrés postraumático en víctimas de violencia de pareja.

[8]INEI. Encuesta Demográfica y de Salud Familiar (ENDES), Perú. Estudios sobre transmisión intergeneracional de la violencia de pareja.

[9]Baca, E., Echeburúa, E. y Tamarit, J. (2006). Manual de Victimología. Valencia: Tirant lo Blanch.

[10]Centro de la Mujer Peruana Flora Tristán y DEMUS. Bases de datos e informes sobre feminicidio en el Perú; CLADEM, Informe Nacional sobre Feminicidio en Perú.

[11]Defensoría del Pueblo del Perú. Reportes mensuales "Qué pasó con ellas" y Reporte "Igualdad y No Violencia".

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