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Pablo Del Valle / Mateando en San Blas

Mateando apaciblemente en la plazoleta de San Blas


Al inicio de la amistad estábamos en la tarde en la Plazoleta de San Blas en Cusco, sentados de espaldas a la pared, uno en un lado y otro en el otro, separados por la puerta batiente del Planeta Sur, un pub que llevaban Txema (sonaba Chema), que era vasco y tocaba la trompeta, y Pati, que era catalana y que siempre era extremadamente amable. Un pub que estaba al centro de uno de los lados de la Plazoleta. Pasábamos la tarde sentados ahí y durante horas nos pasábamos el termo, porque me parece que nunca he mateado tanto como con este amigo argentino, Franck, que era descendiente de galeses establecidos en la Patagonia argentina, y de los cuales apenas hay algunas fotos que los investigadores de las migraciones en Argentina ya a estas alturas habrán sabido desentrañar. Fue cerca de un mes que estuvimos en las tardes -a veces nos quemaba mucho el sol- en la puerta del Planeta Sur conversando de una cosa y otra, por ejemplo, del enfrentamiento constante en las calles de Buenos Aires entre los fanáticos punks que seguían a Sumo y a Luca Prodan y los seguidores fanáticos también, de Patricio Rey y los Redonditos de Ricota, luchas intestinas y violentas muy recordadas por mi amigo.


De estos enfrentamientos seguro hay muchos testimonios en las historias del rock argentino, pero yo no he revisado esas publicaciones, así que no tengo idea de si hay muchos registros gráficos sobre el asunto o si es demasiado o poco conocido el enfrentamiento de cadenas, metales y de los hombres vestidos de negro seguidores de Sumo y Luca Prodan y de los Redonditos. Ahora que han pasado dos décadas y bien entrado el siglo XXI, yo lo tengo todo mezclado con las referencias al programa de Polosecki, Polo, que daban en la televisión, cuyos programas en Argentina eran de una desnudez inaudita entrevistando a personas transgénero, u obreros que andaban en los trenes por toda la Argentina y que contaban sus experiencias de vida y sus reclamos. Se suicidó y supongo que esto es un lugar común para los periodistas argentinos: saber al detalle la vida de Polo, de Polosecki, explorar una y otra vez sus reportajes en la televisión argentina en que este programa se transmitía en horario nocturno. Polo era amable, un gran tipo, y se sumergía a un nivel desconocido en sus reportajes de la televisión, que tal vez lo dejaban vacío.


La cosa es que mi amigo Franck pasaba las tardes conmigo y he de decir que es importante vivir el atardecer en la Plazoleta de San Blas, cuando el diálogo languidecía y todos los colores se encienden en el cielo al mismo tiempo que las lámparas de luz redondas de tungsteno, con la boca amarga y caliente por el mate que pasaba de mano en mano y por seguir un ritmo de conversación que se iba estableciendo con muchos silencios, en un ritmo encontrado aleatoriamente entre sorbos y el hábito de la bombilla.


Franck llegó al Perú ya un poco olvidado de su pasado de militante musical y primero había llegado a Chosica, en la campiña limeña, donde estaban los Hare Krishna, porque ya había tenido una conversión a este grupo religioso en la Argentina. La experiencia con los Hare Krishna en ese entonces era muy sacrificada y pasó hambre en Lima y otra gama de padecimientos, pero con el tiempo la vida se regularizó y ya esos problemas eran menores con el hábito del ayuno y finalmente, la danza y los cantos y el repicar de las panderetas hacían que su conciencia se perdiera y no tuviera muy claras las imágenes que le producían tanto placer, a veces pensaba que era el hambre el que le hacía borrosas las imágenes en el culto y otras veces le agradaba el juego de luces que se convertía el culto mientras saltaba y cantaba el mantra.


Pasó el tiempo y cuando recibían donaciones se dedicaban a cocinar ollas comunes en la Plaza San Martín de Lima, sopas calientes y bien provistas de papas, zapallo, todo tipo de verduras, y día tras día hacían fila para tomar su plato de sopa todos los indigentes que había en esta plaza y a lo largo del Jirón de la Unión y en las inmediaciones. Se fueron corriendo la voz de esta alimentación generosa de los que lo que proveían estos hombres rapados, con una coleta y túnicas naranjas y blancas que luego se dedicaban a saltar y cantar y que se hacían llamar Hare Krishnas. El tiempo de privaciones había pasado y más bien comenzó a alarmarle que la mirada borrosa se le iba acentuando, aunque las filas de indigentes se fueron haciendo tan grandes que no alcanzaban las raciones.


Pero vino a ocurrir un suceso, que le produjo una brutal conmoción y que, en cierto modo, fue producto del azar. Se le designó con otros Krishnas que vivían en las ciudades del Perú, para que viajara a Bolivia, a recoger en el aeropuerto de La Paz al Superior de los Hare Krishnas, que estaba viajando por Latinoamérica. Franck supuso, claro, que un soplo de sabiduría y espiritualidad recaería sobre él, pero lo cierto es que cuando se acercó al Krishna por excelencia, ya había una camioneta esperándolo y él subió con los otros acólitos en esta, saludando respetuosamente al santón que tenían ante sí. Sin embargo, algo muy extraño ocurrió, y pronto se volvió recurrente. El Krishna mayor debajo de la túnica naranja tenía todo tipo de tarjetas de crédito, VISA de las comunes, pero también American Express Centurion, J.P. Morgan Palladium, en su canguro escondido entre la tela naranja y pasearon por restaurantes de La Paz comiendo una comida suculenta, y luego lo despidieron en un hotel lujoso, y él sufrió como si un yunque cayera sobre su cabeza, una inmensa decepción con el despilfarro del santón, había vivido dentro de una mentira, una farsa, y sintió, extrañamente, que su vista tenía un mayor problema para enfocar las imágenes y la noche de La Paz era una suma de manchas.


Luego de este suceso, Franck no recuerda gran cosa de lo que le ocurrió. Tal vez volvió a Lima, tal vez estuvo varios días en La Paz, pero todo se disipó como una noche oscura en la memoria, pero recordaba estar haciendo la cola en el consultorio de una oculista en Huancayo. El pelo le había crecido desordenadamente con unos mechones rubios, llevaba las túnicas naranjas y blancas de los Krishna que hacía que la gente lo saludara con curiosidad, extrañeza y a veces respeto. Se dio cuenta también que la túnica naranja le permitía vagar indefinidamente por las comunidades campesinas cercanas a Huancayo, en una época en que la desconfianza reinaba porque huestes de Sendero Luminoso estaban regadas por las comunidades matando vacas, alcaldes y líderes comunales. También recordó que de las visitas a la oculista terminó ocurriendo algo íntimo con ella que le daba mucho placer, pero tampoco podía recordar mucho del asunto.


Cuando fue interrogado por los cuadros de Sendero Luminoso en una casa grande, al parecer, casa-hacienda en otros tiempos, él balbució cosas bastante incoherentes y aunque se fijó que, al mirar su reflejo por la ventana, había un hombre de crespos rubios y traje naranja, le fue imposible reconocerlo. No sabía quién estaba en el reflejo de la ventana. Con el tiempo, la oculista de Huancayo le consiguió unos lentes que daban con la medida de su vista y comenzó a descifrar ya muy claramente los objetos, los arroyos, el piso rojizo y fangoso de las pistas entre las comunidades de Tarma tras la lluvia (Maca, Tapo, Huasahuasi, Muruhuay) y se fue sintiendo con fuerzas y seguía llevando el traje naranja que ya no significaba nada para él, sino un pasaporte para llegar a nuevos pueblos y no ser tratado de la peor manera. Se alimentó mejor y fue volviendo a tener mucha más lucidez en sus afirmaciones. Lo último que recuerda es que estaba en la comunidad campesina donde se detuvo al "camarada Feliciano" y que él conocía muy bien a quien lo había delatado (me dijo, que para darle seguridad a este delator lo habían llevado al extranjero). Hubo un operativo policial y de inteligencia y él fugó hacia Lima en un camión y fue hacia Chosica donde lo alimentaron, y muy ritualmente con unas monedas que habían llegado a su bolsillo, se desprendió de sus túnicas naranjas y blancas, y se vistió con un jean y un polo blanco.

Esa, como otras tardes, en la Plazoleta de San Blas en Cusco, junto a la puerta del Planeta Sur, seguimos mateando reposadamente hasta que llegó el atardecer, pasándonos la yerba y la bombilla con la misma apacible y amarga cordialidad.


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