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  • Foto del escritorAnálisis Efectivo

Marcos Nieto / Castillo repensado

He buscado no escribir esta última semana. La principal razón es que la “ola castillo” llegó a la orilla de mi empresa, trayendo proyectos cancelados y pagos retrasados. La combinación es potencialmente letal. La otra razón es que he querido rumiar un poco la avalancha de datos y declaraciones de los últimos días, la seguidilla de artículos y reportajes que han sacado a Castillo de su anonimato, exhibiendo sus ideas, amistades y planes.


Esta ola ha traído reacciones esperables: un ataque de pánico entre algunos de mis conocidos y un flemático entusiasmo entre aquellos que tienen el odio a todo lo naranja como bandera. Por eso necesitaba un espacio para intentar formarme una opinión libre de la agitación de los asustados y el cínico entusiasmo de los que aceptarían que les quemen la casa si la vecina es Keiko.


¿Mi conclusión?

El profe Castillo me sigue pareciendo peligrosísimo. Pero ya no tanto por sus trasnochadas ideas “marxistas, leninistas, mariateguistas”, por su afán “nacionalizador” de todo negocio o empresa que dé dinero o la tirria que le tiene a toda institución que pueda significar un recorte republicano y democrático a su poder.


Creo que no podría hacer el 10% de lo que ofrece. Pero no porque se vaya a "moderar", sino por sus limitaciones personales. Castillo no me parece peligroso por lo que piensa, sino por lo que le hace falta entre las dos orejas y debajo del dichoso sombrerito. A Pérez Reverte le gusta repetir en su columna semanal que un imbécil es mucho más peligroso que un malvado. Es el caso del líder del lapicito. Ayer escuché a De Soto (pobre hombre, carcomido por sus intereses personales) decirle a Beto que Castillo era un hombre “inteligente y flexible” y casi me atoro.


Castillo es un tipo astuto, lo concedo. Pero de ninguna manera inteligente o flexible. No sólo es muy básico y torpe, sino que está esclavizado por la ideología y por los verdaderos dueños del partido. Lo podemos ver en la manera proverbial en que suelta declaraciones en las plazas, que ya lo meten en problemas y seguramente vendrán a morderlo en los debates. Su ignorancia sobre temas elementales es difícil de imitar. Su explicación de los monopolios hace que Acuña parezca doctor en economía y académico de la lengua.


Y ahí está, me parece, el principal peligro de elegirlo: Implica ponerlo a gobernarnos. Me dirán que ya hemos tenido burros a cargo. Detrás de la apariencia de cercanía y humildad, del “se parece a mí”, está un hombre de poquísimas luces, que lograría lo imposible: que extrañe la ineptitud combinada con maldad de Vizcarra o la desubicación caviar de Zagasti. Hasta la mediocridad gris de Humala parecería fulgurante a su lado.


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