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Carlos Anderson / El Bono Centenario

“La fortuna favorece a los más audaces”. Sin duda, salir a los mercados internacionales para levantar 4 mil millones de dólares apenas unos días después de la resolución (ojalá permanente) de la más grave crisis política en lo que va del siglo XXI ha sido una medida audaz—aunque algunos hayan considerado más bien que la medida ha sido temeraria. Pero como apuntara el escritor español Pedro Santamaría: “lo temerario sólo se diferencia de lo audaz en una cosa: el resultado”. Y en el caso de esta emisión de bonos -que incluye un tramo de mil millones de dólares a un plazo de 101 años- el resultado no podía ser mejor.


Una demanda de 11,500 millones de dólares, esto es, casi 3 veces el monto emitido, a tasas que apenas superan la tasa libre de riesgo -bonos en plazos y condiciones equivalentes emitidos por el Tesoro norteamericano- entre 100 y 170 “puntos básicos” (es decir, entre 1% y 1.7%), de hecho, entre las más bajas de América Latina. Así, con el bono Centenario, el Perú se une a un club que apenas tiene otros siete miembros: Argentina, Bélgica, China, Dinamarca, Irlanda, México y Suecia. Si a esto no se le llama “una emisión exitosa”, entonces ya no sé a qué podría llamársele éxito. Todo esto, claro, dentro de una perspectiva estrictamente de finanzas internacionales. ¡Bravo!


Pero, desde una perspectiva más integral, la oportunidad de la emisión, su monto, y su posible uso nos generan algunas dudas. Sabido es que las tasas de interés internacionales están en sus mínimos históricos, llegando incluso a instrumentarse -en ciertos casos- emisiones a tasas menores a cero. Y sabido también es que pasará mucho tiempo antes que las tasas de interés retomen una ruta alcista. La profundidad de la crisis económica internacional es tal, agravada por el resurgir del COVID-19 en Europa y otras geografías del planeta, que es razonable suponer que en unos meses más, con menos incertidumbre, y un nuevo gobierno, se podría conseguir incluso mejores términos que los obtenidos.


Entre las dudas, el “timing” de la emisión es tal vez la menos relevante. Más importante me parece señalar una pequeña verdad de Perogrullo: ¿Qué sentido tiene tomar más deuda que después no se logra ejecutar? En lo que va del año, por ejemplo, sólo se ha ejecutado el 51.2% de los recursos de deuda presupuestados en 2020, continuando así una mala práctica presupuestal: en el periodo 2017-2019 el porcentaje de ejecución de deuda presupuestada fue de apenas 75% en promedio. Si vamos a endeudarnos, ejecutemos prontamente ese dinero.


En este punto, sólo nos queda suponer que -contrario a su naturaleza fiscalista- el ministro de Economía y Finanzas, Waldo Mendoza, se apresta a darnos otra movida audaz: impulsar el gasto y la inversión pública a ritmo de tren bala. La justificación que se ha dado para la emisión es cubrir los faltantes fiscales para enfrentar el COVID-19, y en particular, la eventualidad de una segunda ola de contagio en 2021, con amplios recursos. Ojalá sea así; pero si esa es la preocupación, entonces tal vez el monto sea insuficiente.


A pesar del “ruido” de algunos datos económicos “positivos” que comienzan a propalar los medios, lo cierto es que la situación del empleo es dantesca. Millones de personas sin empleo formal o informal, agotando mes a mes los pocos ahorros que tienen -incluyendo el dinero de las CTS y de las AFPs- sin mayores perspectivas de retornar al mercado laboral en el corto tiempo. Existe además una preocupante situación de empresas, pequeñas y medianas, que hacen equilibrios al borde de la bancarrota. Todo lo cual constituye un peso muerto que hace difícil reactivar la demanda y, con ella, la economía como un todo. Así que, ¡bravo por la emisión! Las hurras de alegría y entusiasmo nos las guardamos hasta saber bien cómo se gastará el dinero obtenido con la nueva deuda.


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