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Carlos Ginocchio / Calipigia o bellas nalgas (1 de 4)


Tratado de la calipigia o de las bellas nalgas


Cuando utilizamos la palabra francesa “derriere” nos referimos, eufemísticamente, a las nalgas, término proveniente del latín ‘natis’ que en el castellano se deformó como ‘natica’ y refiere las “porciones carnosas situadas bajo la columna vertebral hasta la parte superior del muslo”. En nuestra gramática y vocabulario popular cuenta con una abundancia de expresiones, muchas de ellas censuradas y hasta consideradas soeces: poto (que en Catacaos es un cántaro de calabaza para servir la chicha de jora), culo (muy usado por los españoles como una interjección más allá de su significado real), pompis (la dulcificación del término), trasero (indica ubicación), posaderas (expresión intelectual), ojete (extensión de lo que es un agujero diminuto y redondo), sieso (del latín ‘sessus’, asiento, porción inferior del intestino recto, hoy vulgaridad en un salón), ano (definición anatómica), rabo y cola (animalización del vocablo), coño (del latín, cunnus, sexo de la mujer, pariente de ‘culus’, vulgarismo para expresar malestar) y, tantas otras adicionales como tarro y chancho.


Hace tres décadas recibí una encuesta cuya autoría no recuerdo, sobre las preferencias físicas de los atributos femeninos en varones anglosajones y latinos. La opinión mayoritaria de los primeros eran los senos (perífrasis de las tetas), y para los últimos, el derriere. Me constaba su veracidad cuando observaba las actrices de esa época bien dotadas del torso, como Jayne Mansfield y Marilyn Monroe, a diferencia de las latinas como Isabel Sarli. Los gustos han cambiado o, en todo caso, el trasero está igualando al busto, y la mejor prueba son Jennifer López y Kim Kardashian. Curiosamente, los glúteos figuran entre las partes más atractivas del cuerpo masculino para las mujeres. Son los fenómenos de la globalización, entre ellos la universalización del culo. Según el blog ‘El rapto’, se debería a que “un trasero desarrollado es señal de extremidades inferiores atléticas y un mejor desempeño a la hora de correr”, aunque no especifica para que se debería trotar, si acaso para alejarse de ellas. Agrega que estudios científicos han resaltado que esa propiedad es una muestra de atributos evolutivos pues, probablemente por genes comunes desde el Paleolítico, los hombres con traseros torneados eran los mejores cazadores, ergo, quienes mejor proveían de alimentos a sus compañeras. También es válido para el género masculino que apreciaba a las mujeres según su corpulencia (el trasero era un símbolo de esta), la misma que asociaban con fertilidad, salud y fuerza para sus labores en las cavernas.


Los moralistas (siempre los hay) condenan este tipo de preferencias aludiendo que la función del derriere es la evacuación de los alimentos para una vida sana. La historia ha demostrado cuán equivocados están. Además de algún tipo de preferencias sexuales, el solaz observándolo generando melódicos silbidos entre el supuestamente sexo fuerte, y una herramienta para el crecimiento social y laboral de algunas damas, por supuesto que tiene otras utilidades, como la publicidad que aprecié en la década del 60’, recomendando una marca de pañales que ponderaba su valor para un “culito seco y suave”, y para nombrar la prenda de ropa interior bautizada “culotte”.


Sin el derriere no tendríamos manifestaciones cortas y tajantes para expresar nuestros sentimientos en cualquier área de la actividad humana: “estoy hasta el culo”. Los españoles estarían constreñidos al no poder usar su coloquial exteriorización “a tomar por el culo”, con la cual restan importancia a algún sujeto o suceso, un símil de nuestro querido y tan empleado “no jodas”. Otras son “el culo del mundo”, denostando lejanía. En México, la frase “no seas culo” significa no tengas miedo. En los años de Woodstock al hashish “bamba” se le denominaba ‘costo culero’, y culeros a los hoy burriers, como ‘culés’ a los fanáticos del Barcelona. Las bebidas gaseosas son reconocidas como ‘colas’, y “culito de bebe” simboliza frescura.


En Argentina puede significar buena fortuna: “que culo tiene, obtuvo la lotería”. Los mexicanos ante una picazón provocada por un bicho declaran “hacer guacamole con las nalgas”, y los más apocados lo traen a colación como “el lugar donde la espalda pierde su nombre”. Los venezolanos, que en muchos casos coinciden con nuestros compatriotas (tal vez por ello un millón emigró al Perú), ¡cuándo no!, le otorgan múltiples posibilidades: “estoy vuelto un culo” (situación muy complicada), “mi culito” (su enamorada), “métetelo por el culo” (aléjalo de mí), “me caí de culo” (caída sentado), “mueve el culo” (más rapidez), “lame culo” (adulador), “saca el culo” (muévete, retírate), “me lo paso por el culo” (no tiene importancia), “métete la lengua al culo” (cállate), “me rompí el culo trabajando” (esfuerzo), “cara de culo” (fealdad manifiesta), “culicagado” (despectivo usado por los chilenos), “le reventaron el culo” (descalificación), “cada quien hace de su culo una pandereta” (rechazo a prejuicios por comportamientos sexuales), “se le borró la raya del culo” (mucho tiempo sentado), “debo hasta el culo” o “tengo que empeñar hasta el culo” (deudor en problemas), “tiene el culo parado” (escultural), “huele a culo” (mal aroma), y el refrán español “culo veo, culo quiero” que denota capricho.


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