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Carlos Ginocchio / Las palabras malditas 10


Incluyo las que considero las ‘palabras malditas’, sus significados, origen, etimología, usos, y presencia en la vida diaria. Es un tratado, especialmente, de investigación.


14. Cojudo, según la RAE significa testículo, proveniente del latín coleus (del griego antiguo koleós, “una vaina”, refiriéndose a la forma en que se unen los estambres), además de ‘animal no castrado’. En Bolivia, Chile, Ecuador, Honduras, México, y Perú, se entiende una persona boba o tonta, de ahí las frases:


‘no hables cojudeces’ (sandeces), ‘hay que ser cojudo (tonto) para hacer tal cosa’, ‘no me cojudees’ (no me tontees), dichos como ‘para cojudos los bomberos’ (hacen su trabajo sin percibir honorarios), aunque también lo usamos como un término amical: ‘¿cómo están los cojudos de ….’. La RAE indica que ‘cojudez’ es la cualidad de ‘cojudo’.

Cojudo ‘tonto’ es, en el Perú, un derivado anómalo de cojón ‘testículo’. Una expresión superlativa es cojudo a la vela. Véase este ejemplo de Vargas Llosa: “… me hubieran creído, según una linda y esotérica expresión muy en boga en esa época, un cojudo a la vela” (La tía Julia y el escribidor, Barcelona 1996, p. 248). Y este uso de Bryce: “… de confianza sí era, y buena gente, y un buenazo, y un cojudo a la vela, también…” (El huerto de mi amada, Barcelona 2002, p. 104) (Fuente: archivo diario El Comercio). En Piura se usa el término ‘cojudito’ (también ‘poto’) para designar el ‘mate pequeñito para degustar la chicha, obtenido de la calabaza’.


(https://ferianativa.com/blog/novedades/palabras-y-frasestipicas-de-piura) La web buenas tareas.com asoma una explicación del origen del diminutivo para los piuranos: una de las tradiciones más tradicionales de los piuranos de Piura nace gracias a la falta de una taza en los barrios marginales piuranos (por marginales me refiero a que son muy pobres, no a que les gusta usar hojas con márgenes o algo así). Los piuranos se encontraban en terribles dificultades para conseguir vasos de buena calidad (no como esas cosas que traen de Ecuador) a buen precio. Siempre eran timados, o al menos así se sentían, cada vez que el terrible calor de Piura derretía sus vasos de plástico y vidrio convirtiéndolos en una cosa deforme sin ninguna utilidad. Salvo de pisapapeles. Así, un ingenioso peruano desconocido decidió cortar un mate burilado de Junín (que por esa época no debe habérsele considerando gran cosa), para dejar una concavidad con la que podía tomar agua, chicha, sopas e incluso jugo de tamarindo. Él encontró que el material era resistente al calor y decidió publicitarlo en una pequeña picantería de la zona. El éxito fue inmediato. Piura adquirió ese extraño objeto como símbolo de la región e incluso un par de personas propusieron el cambio del nombre de la ciudad a Poto. Entiendo por su parecido al trasero humano, se le llamó ´poto’, y según el Facebook de ‘Barbieri La Vive’: cojudito, cojudo y cojudazo, entre más chicha toma más cojudo se pone” han sido los nombres y la representación de los envases donde los tallanes tomaban su chicha de maíz y siendo esta bandera blanca señal de donde se vendía la chicha.

La web inciclipedia.org incluye estas dos frases que, sin duda, son apócrifas, pero divertidas: ‘si Dulcinea fuera de Piura de seguro tendría un buen poto’: Miguel de Cervantes deseando haber conocido Perú, y ‘ahora puedo decir que me gusta la chicha’: Ludwig van Beethoven tras catar un poto piurano.

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En 2007, Herbert Mujica Rojas, publicó su artículo ‘El cojudo, patrimonio nacional’: Poco más de treinta años atrás, Luis Felipe Angell, Sofocleto, escribió el tomo I de su Enciclopedia de la Conducta Humana a la que puso por título, Los cojudos. En efecto, como lo dicen sus irrisorias y picantes líneas, de estos personajes estaba infestado el Perú de entonces, el de siempre, hoy y hasta pareciera haber un, sino que nos avitualla de esa clase de bobos cual patrimonio nacional que crece en los árboles. Angell escribió con humor ácido, pero bastante próximo a la crudeza real de lo que significa la presencia de esos ejemplares en la cosa pública. "Nadie se atrevería a sostener, por ejemplo, que la palabra "cojudo" es de origen griego o que en algún remoto idioma quiere decir "crepúsculo". No. Cojudo quiere decir cojudo, a secas. Y, si bien para algún campesino español este vocablo sólo se refiere a un "animal no castrado", en el Perú, por razones que algún día quedarán al descubierto, casi diríamos que pertenece al patrimonio nacional. Porque entre nosotros la palabra "cojudo" se ha sublimado hasta alcanzar niveles sensoriales y características de ser vivo. Aquí en el Perú la cojudez se respira, se huele, tiene color y temperatura, dimensión, forma y hasta sabor, diría. Se lanza un "¡cojudo!" al aire y es como si el idioma pusiera un huevo o pariera un "algo" capaz de hablar, moverse, crecer y multiplicarse en miles y miles de otros "cojudos" poliformos. Más allá del idioma, la cojudez nos penetró en la sangre y, a través de ella, nos invadió el cerebro. Se nos hizo indispensable para vivir, comunicarnos y resumir en sus tres sílabas todo el contexto espiritual, social, intelectual y material de nuestro pueblo. Poco a poco nos fuimos impregnando de cojudez en todas sus posibilidades y variantes. Hicimos de ella un verbo, un adjetivo, un sustantivo, un título, una marca de fábrica y una gallarda frontera que separaba a los demás cojudos de nosotros. Sin darnos cuenta fuimos elevando la cojudez al grado místico de abracadabra, de las varitas mágicas, del curalotodo y de la penicilina verbal. Pronto el cojudeo surgió como una de las profesiones liberales y como base inamovible de nuestro ordenamiento sociológico. De la noche a la mañana comenzamos a fabricar cojudos en serie, exportando a los más completos (muchos de ellos a través del Servicio Diplomático) para infiltrar la cojudez en los países vecinos, como hizo Inglaterra con China cuando introdujo el opio para desmoralizarla. El clima, el aire, el mar de nuestras costas, los microbios, el agua, el cielo e, inclusive, los rayos de la Luna al cruzar por la atmósfera, todo se volvió cojudo en el Perú, hasta que un día, de la manera más cojuda, comprendimos que no teníamos alternativa ni salida. ¿Navegaríamos en la historia como una flotilla de cojudos a la vela? No. Pero suicidarse era tan cojudo como seguir viviendo y sólo nos quedaba la resignación, que es otra reverenda cojudez. También nos quedaba el consuelo de acostumbrarnos a la idea de enfrentarnos a ella, de aceptar la realidad y de cojudearnos los unos a los otros proclamando ante la humanidad que éramos diferentes y originales...Para esto era indispensable limpiar a la cojudez de toda implicancia escatológica y elevar su condición folclórica a la categoría de ciencia o filosofía social. Era necesario clasificar, definir, organizar, remontarse hasta los orígenes etimológicos de "lo cojudo" químicamente puro y legar ese estudio a las futuras generaciones, para que nuestros nietos se fueran acostumbrando a la idea de ser unos solemnes cojudos por los siglos de los siglos, amén. Esta es, modestamente, la tarea asumida en el presente libro, que aspira a convertirse en un volumen esencial para cualquier estudio contemporáneo o futuro de la sociedad peruana. Esperemos que así sea. De lo contrario, el autor habrá perdido su tiempo como un pobre y triste cojudo". Los cojudos, Lima

1976, pp. 13-14-15

Como manifiesta Mujica, fue el humorista paiteño Luis Felipe Angell (1926-2004), quien escribió el mejor tratado al respecto, en su obra ‘Los cojudos’, donde entre otros ejemplares, describe al ‘cojudo de nacimiento’: “A los de nacimiento es fácil reconocerlos porque empiezan a causar problemas desde que están en el vientre materno: buscan el útero por los riñones, se tuercen hasta medio estrangularse con el cordón umbilical, nacen a los seis meses (cuando pesan dos kilos) o a los diez (cuando ya tienen bigote y dientes), hay que extraerlos con fórceps o con grúa, se necesita darles veinte palmadas en el trasero para que griten y, si gritan por iniciativa propia, lo hacen con un sonido gutural parecido al de la lechuza perseguida o al del abuelito cuando puja en su lucha contra el estreñimiento”.

Sofocleto afirma en un poema satírico genial, en su obra: Dios conserve con vida a los cojudos, porque sin ellos la ciudadanía, de este país al punto quedaría, reducida a un grupo de conchudos. Habla de los cojudos por contagio, a la vela, y otros tipos, así como de nombres, actividades, frutas, bebidas, calles cojudas, entre otras.

En una columna publicada en la web de la Fundación BBVA, el 25 de marzo de 2019, periodista y escritor Eloy Jáuregui hace mención a Sofocleto, y su libro ‘Los cojudos’: El autor examina en ese volumen todas las variantes y posibilidades de la «cojudez» como concepto y traza una tipología del cojudo según sus dos manifestaciones esenciales: el aspirante a cojudo («sujeto al que la vida no le dio todavía la oportunidad de hacer una Gran Cojudez que le sirva como tesis doctoral o de resbalar en un Cojudeo Sensacional que lo prestigie en el medio ambiente como un cojudo legítimo) y el cojudo propiamente dicho («sujeto que nació para ser cojudo y cumple su destino a la perfección, sin quemar etapas, sin saltarse a la torera ninguno de los requisitos que exige la ortodoxia y la liturgia de la Cojudez Ancestral). Sofocleto concluye que, antes de los cincuenta años, el Cojudo alcanza toda su madurez. En otro capítulo, propone tres niveles para categorizar a los cojudos peruanos (o peruanos cojudos, es lo mismo): por nacimiento, por contagio y por trauma cerebral. «Aquí en el Perú, la cojudez se respira, se huele, tiene color y temperatura, dimensión, forma y hasta sabor», escribió Sofocleto en la introducción de 1970. Casi cincuenta años más tarde sus palabras mantienen su vigencia; basta con darse una vuelta por las calles, alternar canales de señal abierta o escuchar un rato los debates de cualquier Comisión del Congreso para corroborarlo. Sofocleto era un personaje excéntrico desde todo ángulo. Era un humorista que filosofaba. El gran Luis Felipe Angell se bautizó Sofocleto en honor al poeta Sófocles, pero a diferencia del griego no se dedicó a la tragedia, o mejor dicho, la invirtió, la desdobló para sacar de ella el humor ácido pero fino con el que buscaba, no hacer reír, sino hacer pensar. Escribió sobre millones de cosas porque era un curioso de casi todo. Es altamente probable que los lectores jóvenes hoy ignoren quién fue, pero hubo un tiempo en que nuestros padres lo leían religiosamente en El Dominical, y tanto para la generación de aquellos como para la nuestra ‘Don Sofo’ se volvió un clásico. Si es una pena que su extensa obra literaria no circule más allá de marginales librerías de viejo, es una verdadera lástima que su estilo —la disección mordaz de la realidad a través del ensayo, pero también de formas poéticas como el soneto (Sofonetos), el aforismo (Sinlogismos) o la décima— no haya tenido los cultores que merece.

Me atrevería a actualizar la célebre frase nacional: ‘el que no tiene de inga, tiene de mandinga, y de cojudo también.


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