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  • Foto del escritorFernando Cillóniz

Fernando Cillóniz / Un Estado sin méritos, ni deméritos


En el Estado peruano, si uno es corrupto, inoperante y maltratador… no pasa nada. Peor aún, si uno es honesto, eficiente y servicial… tampoco pasa nada.


Además de absurdo y contraproducente, es muy injusto que así sea el trato laboral en el Estado. ¡Cómo no va a ser injusto que, en el Estado peruano, hagas lo que hagas, no pase nada… ni para bien, ni para mal! A eso nos referimos muchos cuando cuestionamos que, en el Estado de nuestro país, no haya meritocracia.


“A igual función, igual remuneración”. Así de irracional es la máxima laboral en el Estado. Una institución – mejor dicho, muchas instituciones – donde la productividad no cuenta para nada. Y menos cuentan los valores personales como la eficiencia, puntualidad, honestidad, austeridad, cordialidad, experiencia, etc.


Aunque parezca mentira, muchos políticos pasan por agua tibia esta situación. Obviamente, se trata de personas muy corruptas, para quienes el clientelismo político es su mayor valor. Es decir, contratar a funcionarios y trabajadores, no por sus méritos personales y profesionales, sino por sus intereses personales y afiliaciones partidarias. Para ellos, la meritocracia… ¿para qué sirve la meritocracia?


Ahora bien, las remuneraciones en el Estado son bajas… es verdad. Sin embargo, aún a pesar de ello, son superiores – y, sobre todo, mucho más seguras – que las precarias remuneraciones de muchísimos peruanos que trabajan en el sector informal, el cual involucra al 75% de los trabajadores de nuestro país… ¡10 millones de peruanos! Una de las tasas de informalidad laboral más altas del mundo.


Entonces – a lo que quiero llegar – es que la ausencia de meritocracia (y ni mencionar el respecto a la carrera pública, que tampoco existe) ha devenido en un Estado muy corrupto, inoperante, ineficiente y maltratador. Repito. Dado que no pasa nada con los buenos servidores públicos, éstos son cada vez menos en el aparato estatal. La política corrupta se ha impuesto sobre el profesionalismo y la meritocracia.


¿Consecuencias? Un Estado elefantiásico, corrupción a más no poder, altísima rotación de servidores estatales, pésimos servicios públicos: agua, salud, educación y seguridad, pésima infraestructura, Congreso y Poder Judicial plagados de personajes coimeros e indolentes, policías y militares que para ascender a Generales tienen que pagar – por lo bajo – US$ 20 mil en efectivo, y así. ¡Un desastre!


Pregunta: ¿dónde – en el Estado – no hay nada de toda esa porquería? En el Banco Central de Reserva del Perú (BCR). Efectivamente, en el BCR prima la meritocracia y el profesionalismo. Se respeta la carrera pública. Y los resultados están a la vista. Incluso, reconocidos y valorados en el mundo entero.


Segunda pregunta: ¿qué tiene el BCR que no tienen las demás instituciones del Estado? Autonomía (de verdad) y roles claramente definidos. ¿Por qué no replicar dicho modelo en las demás instituciones del Estado? Pues esa es la propuesta.


Autoridades Nacionales Autónomas (ANA´s) – tipo BCR – apolíticas, profesionales, descentralizadas, meritocráticas, altamente especializadas en cada una de las funciones estatales fallidas: agua y vivienda, infraestructura, educación (incluidos deporte, cultura y ciencia), salud, seguridad, entre otras.


En síntesis, la propuesta consiste en despolitizar al Estado… y profesionalizarlo. Convertirlo en un Estado que sirva a la ciudadanía, en vez de uno que se sirva de ella, tal como el que tenemos.


Un Estado meritocrático. Es decir, un Estado con méritos para los buenos y deméritos para los malos… como en el colegio.


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