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Juan Escobar / El Perú en la encrucijada 

  • Juan Escobar
  • hace 13 horas
  • 4 Min. de lectura

El Perú en la encrucijada: el problema y la solución es el Estado

El Perú vive una paradoja profunda. Hemos logrado estabilidad macroeconómica, inflación controlada y niveles de deuda pública relativamente manejables, pero no hemos logrado cohesión social ni integración territorial. Crecemos, pero no convergemos. Exportamos, pero no distribuimos. Estabilizamos, pero no transformamos.

 

Durante décadas se nos ha dicho que somos un país minero, que dependemos del cobre, del gas o de algunos productos agroexportadores exitosos. Sin embargo, el Perú es mucho más que su canasta exportadora. Es un país de montaña, biodiverso, multicultural, con una historia milenaria y una geografía compleja que exige conducción estratégica. Cuando cerca del 60% de nuestro crecimiento depende del contexto internacional, no estamos ante un modelo sólido, sino ante una economía vulnerable a ciclos externos.

 

La desigualdad territorial revela la fragilidad del Estado. Lima concentra cerca del 45% del PBI nacional, mientras amplias zonas del sur andino, la Amazonía y parte del centro del país enfrentan brechas estructurales. En regiones altoandinas como Puno, Huancavelica o Ayacucho, la anemia infantil supera ampliamente el 50%. En departamentos amazónicos como Loreto o Ucayali, las carencias en servicios básicos alcanzan niveles dramáticos. En varias regiones del norte, el acceso a agua segura y saneamiento adecuado sigue siendo un privilegio y no un derecho garantizado.

 

No se trata de casos aislados. Es un patrón nacional.

En educación, los niveles no satisfactorios en lectura y matemática superan el 70% en múltiples departamentos. En empleo, la informalidad bordea o supera el 80% en buena parte del territorio. En vivienda y conectividad digital, millones de peruanos permanecen excluidos de servicios esenciales para competir en la economía del siglo XXI. Las brechas no solo separan a Lima de las regiones; dividen a las propias regiones entre lo urbano y lo rural.

 

Esta realidad no puede explicarse únicamente por la dinámica del mercado. Es el reflejo de un Estado que no ha logrado integrar el territorio ni planificar el desarrollo con visión estratégica.

 

Contamos con 19 ministerios, 25 gobiernos regionales, más de 2000 municipalidades y un presupuesto que supera los 260 mil millones de soles. Sin embargo, existen miles de proyectos paralizados y más de veinte mil inversiones inconclusas. La descentralización administrativa no se tradujo en descentralización productiva ni en convergencia territorial. El gasto se dispersó, pero el impacto estructural no llegó.

 

La crisis también es institucional. La sucesión de presidentes en los últimos años, la desconfianza hacia el Congreso y la captura de decisiones públicas por intereses particulares y mafiosos han debilitado la legitimidad democrática. Cuando el Estado pierde autoridad moral y técnica, la sociedad pierde rumbo.

 

A ello se suma la dimensión ambiental. Somos uno de los países más vulnerables al cambio climático. Hemos perdido cerca del 50% de nuestros glaciares y enfrentamos procesos acelerados de deforestación y desertificación. La contaminación de ríos y lagos no distingue fronteras regionales: afecta al sur andino, a la Amazonía y a la costa industrial. No es solo un problema ecológico; es productivo, sanitario y generacional.

 

Frente a este panorama, el país no necesita ajustes cosméticos. Necesita una transformación del Estado.

 

No se trata de hacerlo más grande, sino más estratégico. De articular planificación, presupuesto y resultados territoriales. De reformar el sistema nacional de inversión pública para que los proyectos no se eternicen. De digitalizar los procesos de contratación para reducir la corrupción. De evaluar con rigor las concesiones y asociaciones público-privadas bajo criterios de interés nacional. De reorganizar ministerios y entidades cuando sea necesario para evitar duplicidades y fortalecer capacidades donde hoy son insuficientes.

 

La política debe recuperar su rol conductor. El crecimiento económico es condición necesaria, pero no suficiente. Durante más de un siglo hemos dependido de ciclos primario-exportadores. El desafío actual es construir una economía diversificada, digital y verde, con mayor valor agregado y empleo formal en todas las regiones.

 

En ese proceso, el sector agrario ocupa un lugar central. No como sector residual, sino como eje de cohesión territorial. Hoy menos del 5% de los productores recibe asistencia técnica formal y el crédito para pequeños productores se ofrece a tasas que pueden superar el 30%. Esa estructura condena a la agricultura familiar a la subsistencia. Reorganizar el sistema financiero agrario, fortalecer organizaciones productivas y ampliar el acceso a tecnología no es una política sectorial aislada; es una apuesta nacional por la inclusión productiva.

 

Pero el desarrollo territorial no se agota en el agro. Implica articular cadenas de valor en industria, turismo, biodiversidad, energía limpia y economía digital. Implica cerrar brechas en educación y salud como derechos fundamentales. Implica generar oportunidades para que los jóvenes no migren por falta de futuro en sus propias regiones.

 

Mientras potencias emergentes planifican su inserción en inteligencia artificial, hidrógeno verde y tecnologías avanzadas, el Perú sigue atrapado en la gestión de la coyuntura. En 1980 teníamos indicadores comparables o incluso superiores a algunos países que hoy lideran la transformación global. La diferencia fue estratégica: ellos planificaron y alinearon Estado, empresa y sociedad bajo objetivos comunes.

 

El problema y la solución es el Estado. Si continúa fragmentado, reactivo y capturado por intereses de corto plazo, seguirá reproduciendo desigualdad. Si se reorganiza con liderazgo político, meritocracia y planificación de largo plazo, puede convertirse en el motor de una nueva etapa histórica.

 

El Perú necesita reconstruir su capacidad de conducción nacional. Transformar la estabilidad macroeconómica en bienestar territorial. Convertir la descentralización en integración productiva. Pasar del crecimiento episódico al desarrollo sostenido.

 

La historia no espera. O el Estado asume su responsabilidad estratégica o seguiremos administrando brechas bajo la ilusión de progreso. El momento exige decisión y liderazgo.

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