René Gastelumendi / BTS me cagó
Me equivoqué, caí en mis prejuicios generacionales. Para muchos de los que miramos el fenómeno BTS desde afuera, ya sea por trabajo o curiosidad, los jóvenes coreanos no pasaban de ser un invento de laboratorio. Siete chicos asiáticos bailando milimétricamente frente a miles de miles gritando. El sesgo fácil del que mira creyendo entender de lo que no tiene puta idea y suelta: “Puro marketing, magia negra, son unos muñecos de plástico, graciositos, canciones pegajosas tipo Menudo o New Kids on the Block, pero asiáticos”. Sorpresas da la vida.
Cuando me puse a investigar para tener algo que decir ante los reportes de histeria, felicidad, etc., que tenía que cubrir desde el set, recibí una cachetada. Merecida. Escarbé tan solo un poco y caí en cuenta de que no estaba entendiendo nada, de que era un añoso marginal en el tema. Hoy estos chicos ya tienen entre 29 y 33 años y, detrás del aluvión de masas, hay una carga conceptual y sociológica que buena parte del pop de este lado del mundo archivó hace décadas. Vamos por partes:
Filosofía pura y dura
No se quedan en la cancioncita de amor prefabricada. Armaron discos enteros apoyados en la teoría del psicoanálisis de Carl Jung ¡sí, Carl Jung!, desmenuzando la mente humana, la Persona (esa máscara social con la que nos presentamos para encajar o agradar en redes), la Sombra (nuestros miedos, culpas y oscuridades reprimidas) y el Ego. En otros trabajos van directo a Hermann Hesse y su novela Demian para retratar el golpe seco de madurar: entender que crecer no es un camino limpio ni complaciente, sino romper el cascarón a la fuerza y asumir nuestras propias contradicciones. ¡Sus letras hablan sobre eso!
Crítica social frontal también presente.
Desde sus primeros temas le pegaron de frente a la desigualdad de base y a la asfixia del sistema educativo asiático, a la precariedad laboral de su generación y a esa exigencia implacable de rendir cuentas como máquinas. Rompieron un tabú bravísimo en su sociedad como la salud mental: hablaron sin pudor de depresión, ataques de pánico y del vacío de no encajar en los moldes de sus mayores.
Lo de la simbología y comunidad es impresionante. Digamos que
no es histeria vacía, es una tribu con códigos fascinantes. El color morado que usan no es un adorno, simboliza lealtad y confianza en el tiempo. Su metáfora de la ballena de 52 hercios (que canta en una frecuencia que ninguna otra ballena puede oír) retrata con precisión el aislamiento y la incomprensión juvenil. En las filas de los conciertos se regalan artesanías hechas por ellas mismas, los freebies, y cuando la banda prohibió que les dieran regalos caros, esa masa trasladó el dinero a comedores populares y reforestación.
Antes de descartar, creo que vale la pena mirar el fondo: no son chicos huecos en una tarima; son el síntoma y el refugio emocional de millones de jóvenes y hasta adultos en un mundo que hace tiempo dejó de empelotarlos.




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